jueves, 3 de abril de 2008

La otra clave de la metamorfosis del paisaje



Hay una secuencia de cinco cuadros de Thomas Cole titulada “El curso del Imperio”, que van de 1834 a 1836. El primero tiene como título “El estado salvaje”: rocas afiladas con ralos árboles, cielo agitado con nieblas que suben del mar, conforman un paisaje de lo elemental en el que sobrevive el ser humano, por el que se afanan algunos cazadores, cuyas humildes moradas adivinamos al fondo.



El segundo (pintado en primer lugar) lleva por título “El estado pastoril o arcádico”, y es la perfecta muestra de la identidad entre naturaleza y espíritu. Si el cuadro anterior era sublime este es bello, con una naturaleza de suaves contornos, cielo despejado y suave color verde en los grandes árboles y pequeños prados, en los que pastorean, meditan, juegan o descansan algunos seres humanos, contagiados por la quietud de la escena en la que se advierte la presencia de un templo clásico.



El tercer cuadro lleva por título “La consumación del Imperio”. Apenas hay naturaleza, apartada por las esplendorosas construcciones de los hombres, palacios, templos, que casi recubren la primitiva ensenada convertida ahora en puerto de placer. Toda la escena, con reminiscencias clásicas del Imperio romano, es un canto y celebración del poder del hombre.



El cuarto cuadro lleva por título “Destrucción” y es, efectivamente, una escena dantesca de incendio, destrucción y muerte, presididos por una estatua gigantesca de guerrero que sustituye la pacífica femenina del cuadro anterior.



El último cuadro lleva por título “Desolación”. Es el paisaje de la ruina. Todo va volviendo a la naturaleza y ésta va emergiendo de aquella a una luz incierta.


Hay un elemento común a todos los cuadros, algo que no cambia: tienen un espectador de sus paisajes (un centinela que diría Clarke-Kubrick) en el promontorio que, con una gran roca en la cumbre, parece observar todo inmutable a través de las edades de los hombres. Con o sin espíritu la naturaleza permanece a lo largo de los tiempos que se miden ya con otro tiempo distinto del humano, con el tiempo de lo elemental. El hombre no es la medida de las cosas. Este último cuadro es el paisaje del triunfo de lo elemental, de la vuelta futura al primer estado, en una metamorfosis sin fin. La ruina no es ya fragmento que hace añorar una totalidad perdida sino el primer paisaje vacío de hombres.

Hay una clave icónica en otro (pequeño) cuadro de Cole reproducido en un post anterior.

10 comentarios:

David dijo...

Excelente selección de cuadros (y su interpretación) que cuestionan toda una concepción antropocéntrica. El hombre no sólo ya no es la medida de las cosas, tampoco del tiempo, que obedece a leyes distintas que las que impone la racionalidad. El arte, el mito, la astrología, ahora tienen ya su lugar y tarea: rememorar y familiarizarnos con ese otro tiempo al que tanto debemos.

Por cierto, ya he pensado en un título por si acaso....,

y muy interesante la postura de Heidegger respecto a Jünger

saludos afectuosos desde Logroño

josé luis molinuevo dijo...

Me alegro mucho. Un fuerte abrazo y seguimos hablando

Fram dijo...

En correspondencia con:
la naturaleza como tiempo al margen y por encima del hombre ; los cuadros de Thomas Cole; las fotografías de Adams; la cita de Novalis sobre el horror de la naturaleza por la llegada el hombre:
una foto de John Pfahl, en la que aparece una nueva dimensión, la ecológica, pero más allá del planteamiento panfletario, ante la invasión agresiva del hombre, la permanencia, sublime, de una naturaleza que no parece inmutarse por el poder de la tecnología.

http://johnpfahl.com/pages/powerplaceswest/07navajopm.html

Anónimo dijo...

estuve, lo vi y me admiré
gracias por tu esfuerzo, blogero

LUG dijo...

Debo confesar que las alusiones a lo elemental me confunden y, en ocasiones, tiendo a considerarlas "faroles" del pensamiento cuando no tenemos una buena mano en el juego. En cualquier caso, parece que "lo elemental" en este debate hace referencia a la naturaleza que no parece inmutarse frente a la tecnología, el humano intento y todos sus relojes. También lo elemental pareciera aludir a lo desvelado por el "arte, el mito, la astrología" y que sería completamente otro ( y mejor en la ganancia)que la ciencia.No sé: Desconfío de "la cosa" porque parece que no lleva a ningún sitio salvo el pasmo. No sé de naturaleza no inmutada por la tecnología salvo si no hay tecnología, como no sé de naturaleza no inmutada por el símbolo( sea este arte o ciencia o astrología o poso de té o acelerador de partículas) salvo que no haya símbolo. Me viene a la mente el paisaje sin técnica ni símbolo ni mirada humana... y lo elemental se me aparece como la cifra de mi tontuna.Pasmo. Satori zen... a mil metros al oeste de la reflexión.

David dijo...

A lug,

Puede decirse que lo elemental, en sus manifestaciones, pensemos por ejemplo en el dolor, la enfermedad, no sólo en las fuerzas naturales, es aquello que tarde o temprano debemos afrontar, que irremediablemente nos alcanza, incluso allí en los estados de aparente bienestar (también del hastío el hombre huye). Ortega ya anuncia la idea de que en el origen de la técnica actúa la vivencia de la Naturaleza como 'algo amenazante', como lo 'inhóspito' Con la Naturaleza debemos de contar, hacernos una idea clara sobre ella, para afrontarla del modo más deseable a nuestos deseos y no sólo instintos. La cuestión que plantean pensadores herederos del romanticismo es si el modo racionalista de concebirla, como una cadena de causas y efectos susceptible como tal de ser conocida y controlada por el raciocinio humano, es el adecuado para someterla y conducirla a nuestros intereses de paz, seguridad y de libertad. Como a su entender lo elemental obedece a leyes distintas que las que dicta la razón, como no hay ni puede haber correspondencia alguna entre el modo de conducirse lo elemental y el modo como la razón estructura las teorías sobre la naturaleza, entonces debe abandonarse la razón y postularse nuevas formas de conocimiento. Aquí la intuición, la experiencia estética, a otro nivel, el arte, el mito, juegan el papel fundamental, no sólo en sentido epistemológico, también luego político.

LUG dijo...

Vale...
¿Es el dolor elemental y la experiencia sadomasoquista o la ascesis del eremita no-elemental?¿Cómo hacer tema de eso elemental si se me presenta en el sado o la ermita?

Mi duda era y es: eso elemental o primigenio, ¿es tematizable por el discurso estético o el artístico?¿No es la posición romántica ingenuidad o añoranza de órdenes(supuestos) del pasado? El romanticismo, tan querido, tiene mucho de pode o impostura. Volviendo al paisaje, la naturaleza se nos ofrece en él jugando a las reglas del arte. Hay una esquina técnicamente definida para incorporar a eso que se llama primigenio. Pero es un "pixel" o espacio definido en la representación como los otros. El problema es que pretendemos que "eso" es más profundo, significativo o especial que el resto de los temas o lugares. Y que esa profundidad es no-convencional sino Esencial en virtud de no sé yo que primacías.

David dijo...

Bueno, lo primigenio, o lo elemental, como quiera llamarse, adquiere el valor que merece por lo que implica su conocimiento, a saber, el comienzo de una teoría explicativa de todo cuanto hay, de una cosmovisión necesaria para la construcción adecuada de proyectos vitales. No es causual en este sentido a que los románticos les fascinara la lectura de filósofos como Empédocles, animados por esa búsqueda de la naturaleza última de la realidad (y hoy día estoy seguro disfrutarían estudiando concepciones cosmológicas como la 'teoría de las supercuerdas', verdaderamente fascinante). Por otro lado, esa vuelta a 'paraísos perdidos' no pienso que nazca en ellos de la añoranza, sino más bien hay que verla como una consecuencia de su programa epistémico y político, que a su vez se nutre de esa inquietud por el conocimiento de la naturaleza última.
Mis sospechas más bien proceden (además de cuestiones epistemológicas) de la naturaleza de sus concepciones, la mayoría de ellas (sino todas) totalizadoras y reduccionistas. Todo lo acaban explicando (o reduciendo) por la acción de esa entidad primigenia. El peligro de formular este tipo de teorías no es que sean falsas, sino que no dan lugar para la constratación empírica ni para la falsación, condiciones ambas necesarias para el progreso científico y moral. Si 'todo' es expresión de una realidad última, no hay forma posible de desmentir dicha teoría, éste es el problema. Y cuándo se les pregunta por el procedimiento que han seguido para adquirir su verdad, recurren a la intuición, la experiencia, el misticismo....como fuentes de verdad, pero no pueden asegurar por medios razonables que su conocimiento sea el conocimiento verdadero.

David Marabel dijo...

Para todos, especialmente para david:

Diré lo mismo que tú pero en otras palabras. En mi opinión la falacia consiste en creer que la naturaleza primera o pura es algo mejor, sagrado y anterior a la naturaleza segunda o meramente humana. El logos, la autoconscincia es la única naturaleza que podemos afirmar, que existe para nosotros y que se hace presente. Por que establecer un juicio en favor de una naturaleza anterior al hombre, dando a entender que el hombre es un parásito que ha fastidiado su naturaleza primera por creerse la medida de todo lo que existe, supone dar por su puesto que existe una naturaleza independiente al ser humano, cayendo en el error de ser tan antroprocéntrico como lo que se critica. Pues los conceptos "naturaleza", "todo", "trascendencia" "dios", etc., son conceptos humanos que pretenden explicar algo que se nos escapa, pero sin lograr explicarlo. Pretendo mostrar una postura escéptica. Yo no soy capaz de entender nada si no es con el logos humano como espectador. Lo que pretendo decir, es que es tan humano darse cuenta de que nos estamos cargando nuestra naturaleza, y digo naturaleza donde no caben dualismos (sino totalidad y armonía), como creer que existe una naturaleza no antropocéntrica. Afirmar que el hombre no es la medida de todas las cosas, es una postura muy dificil de sostener, a pesar de que "todos estemos convencido de ello" jeje. Como humanos, solo podemos ser humanos y hacer conjeturas, humanas. Todo lo que no podemos entender, es solo otra faceta humana. Porque no podremos demostrar que el hombre no es la medida de todo, hasta que otra inteligencia de rango superior nos deje bien claro que cuando cae un árbol, y no hay un ser humano para percibirlo, cae de verdad independientemente de que el hombre esté o no.

David dijo...

Para david marabel,

En efecto, yo diría que lo que es humano es el modo de afrontar e interpretar la naturaleza, el dolor, la enfermedad..., modo que además cambia en función de las culturas y épocas, y ahí en efecto nuestro logos juega el papel central (no sólo el logos, también otras formas de comunicación humana, como el arte). Ahora bien, que no podamos estar seguros de que la naturaleza sea lo que creemos que es, no implica que ésta no exista o que no sea el juez de nuestras concepciones. Pienso que indudablemente la naturaleza está ahí, una y otra vez confirmando o desmintiendo nuestros supuestos o concepciones sobre ella. Si no admitimos el supuesto de un realismo, llamémoslo débil, por el cual existe al menos una realidad anterior e independiente a nuestro logos, hemos de postular que todo se reduce a ser idea, a una ideación nuestra, y esta perspectiva, aunque irrefutable, conlleva problemas demasiado serios para asumirla. Lo que quiero decir es que el progreso científico, sostenido en principios y supuestos a priori de la razón, es la prueba más firme de que disponemos para confirmar que la naturaleza no se rige por normas tan inconciliables a nuestro modo de pensar.