miércoles, 10 de diciembre de 2008

El gusto de las cosas



"Pero cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo, después de la destrucción de los seres, después de la destrucción de las cosas, solos, más frágiles pero más vivaces, más inmateriales, más persistentes, más fieles, el olor y el sabor siguen todavía durante mucho tiempo, como almas, recordando, aguardando, esperando, sobre la ruina de todo lo demás, llevando sin flaqueza, sobre su gotita casi impalpable, el edificio inmenso del recuerdo".
Estamos ya acostumbrados a una literatura de imágenes visuales y auditivas característica de este comienzo de siglo. Experimentamos incluso una sobredosis de ellas en algunas películas llenas de efectos especiales. La saturación nos impide sentir que falta algo que, sin embargo, nos es debido.

A veces la lectura de textos de comienzos del otro siglo nos sumerge brutalmente en la presencia de esa carencia. Algo así como cuando saliendo del tubo de escape de la gran ciudad vamos a dar de modo imprevisto en un bosque ligeramente húmedo, y el olor penetrante del tomillo, del brezo, de la corteza de los pinos y de mil no sé qué cosas, golpea el cuerpo y marea el cerebro hasta el punto de tener que apoyarnos para no caer.

La lectura del primer tomo de la gran obra de Proust, lejos de ser un viaje soporífero alrededor de su cama, como cabía esperar, tiene la virtud de producir un efecto similar, un estremecimiento continuo de inesperadas presencias. Es una orgía de imágenes olfativas y de sabores que tiran de las imágenes visuales.

Pocas veces estamos ante una mirada táctil de parecida intensidad, habituados a la mirada intelectual. Canes amaestrados en la caverna platónica estamos preparados para ver las cosas, pero no para sentirlas, ya que parece poco fiable. Y, sin embargo, nos volvemos como locos ante el aroma de las cosas, cual perrillos sacados de paseo y que hubieran olvidado en casa su cuerpo. Sólo somos plenamente humanos cuando estamos a la altura de nuestras sensaciones. Petrarca afirmaba que saber viene de sapere, y que sabio es aquél al que se le abre y tiene el sabor, el gusto de las cosas.

5 comentarios:

logiciel dijo...

Gracias.
Ya me estaba empezando a hartar de que pareciera casi obligatorio denostar a Proust en la época de la 'brevedad' y la 'fragmentación'. Háganlo ustedes mejor si saben, damas y caballeros.

Anónimo dijo...

Gran Maestro, gracias por sus imágenes y saborosos pensamientos! ¿Por que la dificultad en se aceptar que se sabe con el cuerpo entero? ¿Sería olvido de que nuestra vida primera se guió por nuestros lábios hacia nuestras madres? (Por nuestros lábios hacia al ser amado) ¿Olvido de que antes que tuvéramos razón ya sentíamos? ¿Se debería a nuestra prepoténcia en erigir la razón y construir justificación para nuestras acciones y, además, nuestras no-razones? (desde Brasil, Francisco Carvalho)

lacampanera dijo...

Gracias por expresar de una forma tan sencilla algo a lo que algunos ni siquiera son capaces de enfrentarse. Creo que aquí está un trocito de la culpa que las personas tenemos de estar dejando de ser personas.
Ese miedo a darnos cuenta de que nos perdemos la grandeza de nuestros propios sentidos y lo cambiamos por unos cuantos estímulos alienantes y superficiales. La comparación de la lectura con el contacto con la naturaleza posiblemente sea la más exacta que he encontrado nunca. Voy a tomarme un café.

Anónimo dijo...

Sólo somos plenamente humanos cuando escuchamos cosas como estas:

http://www.youtube.com/watch?v=QXsKP3BKeko

Sergio dijo...

Hace tiempo que sigo tu blog. Me ha gustado mucho esta entrada.

"Pocas veces estamos ante una mirada táctil de parecida intensidad, habituados a la mirada intelectual".

Magnífico. Yo soy un admirador de la literatura de Proust, hipersensual.

Saludos.