sábado, 12 de septiembre de 2009

Sobre la muerte del autor

Yo había sido un buen frankfurtiano hasta que leí un libro sobre el surgimiento de la nueva izquierda que les confinaba a ser una empresa académica. Incluso daban fecha y circunstancia: el momento en que aquella estudiante exhibió sus pechos desnudos en la asamblea como argumento a un desconcertado y congestionado Adorno. ¡Yo he preconizado la revolución, pero no he dicho que fuera un revolucionario – explicaba el sudoroso mártir!. Lo dicho: un asunto académico. La empresa fue de mal en peor, aunque se observan algunos brotes verdes. No lograron reciclarse con inventos parecidos al de Sloterdijk, capaz de encontrar la piedra filosofal de una “izquierda heideggeriana”, un magnífico oxímoron.

Pero no quiero apalizar con un subgénero literario deleznable, el de aquellos que ironizan sobre una juventud llena de buenas intenciones desde una madurez repleta de cinismo. Esos libros sencillamente me repugnan. Y no menos cuando lo leo en blogs de queridos compañeros y admirados escritores.

Hay algo que no se puede negar y es el intento de aquel pensamiento negativo por estar a la altura de su tiempo. Su fallo consistió en su incapacidad programática para convertirse en positivo. Pero no sólo en el terreno de la acción, sino del pensamiento mismo. No basta con ser pesimistas teóricos y optimistas prácticos. El riesgo es muy grande: acabar convirtiéndose en araña hermenéutica que hinca el diente a todo lo que pasa por su tela.

Hay otro modelo de pensamiento negativo que parece instalado hoy en los más jóvenes, y es que cada vez que hablan de algo nuevo lo nombran con términos negativos tomados de la publicidad trasnochada de sus mayores, repitiendo la vieja cantinela de la muerte de…Pues de marketing, no de rigor intelectual, se trataba y se trata, señores. Así el tópico de la “muerte del autor”, algo comparable, por compañero, a la “muerte del sujeto”. Cuando el sobrevalorado Barthes hablaba de ella estaba en su auge el “cine de autor”, allí en su misma casa, o en la de al lado, como lo manifiesta con rendida admiración en su carta (magnífica, todo hay que decirlo) a Antonioni. ¿No estaría indicando más bien la necesaria muerte de la semiología para la imagen? ¿O poniendo en duda que deba existir algo así como una “narrativa audiovisual”? El propio Antonioni decía con sonrisa de conejo que para ser un director de la incomunicación comunicaba muy bien (a juzgar por los premios).

Normalmente, cuando se hace extensible la muerte del finado a la literatura, se suele acumular, en loable actividad de escarabajo pelotero, otro tópico: la muerte del “genio romántico”, un supuesto referente suyo. El creador aislado, solitario, pobre, que no se entera. ¿De qué romanticismo están hablando? Hölderlin escribía desolado que parece que sólo se leyeran entre ellos, pero era una queja, no un regodeo en su soledad. De hecho, escribían cartas, billetitos etc., sin parar ¿Hablamos de los novelistas románticos franceses, verdaderos águilas antecesores de la SGAE?

Ni ha habido ni hay muerte del autor. Más aún, desconfíen cuando les propongan una nueva modalidad del timo, el negocio de “creación colectiva”. Otra estrategia de marketing de autor. Lo que hay es la suma de esfuerzos individuales, de autores, más o menos enredados o enrizomados. Pero nada de sabiduría, alquimia de multitudes y cosas parecidas que venden algunos buhoneros digitales.

4 comentarios:

logiciel dijo...

Interesante reflexión. Pero yo no creo- o quisiera creer- tanto en la muerte a lo Barthes que en la 'hibernación' a lo Foucault de ese autor que todo lo impregna y que se nutre de la mitomanía, muy apreciada por los franceses, por cierto.
Claro que a Foucault le iba de maravilla preconizar esa supuesta muerte o más bien distanciamiento del autor con respecto a su obra. Una postura de lo más inteligente, creo. Aunque reconozco que seguramente estoy reproduciendo discursos aprendidos.

v V¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨ polarporn dijo...

ahh el autor, el autor...


el autor el autor el autor el autor el autor el autor el autor el autor el autor el autor el autor el autor el autor el autor el autor el autor el autor el autor el autor el autor el autor el autor el autor el autor el autor


el que crea, el que fabrica la novedad, el que hace nacer, el que cataliza y caga y cataliza y caga


probablemente la novedad no es más un olvido. probablemente el autor no es más que un versionador con suerte.

Anónimo dijo...

Hola profesor, me encanta su blog. Hace ya casi dos años empecé a visitarlo, y tuve que ir a sus clases para entenderlo (un poco). Y aún sigo en ello!!
Sólo una pregunta, ¿a qué libro se refiere al principio de la entrada, en el que hablan de la escuela de Frankfurt?

Saludos y gracias

josé luis molinuevo dijo...

¿Anónimo?