sábado, 22 de septiembre de 2012

nuestros romanticismos



Decía Ortega que ya no somos románticos, pero tampoco somos otra cosa. Ese estado indefinido, transitorio, de metamorfosis, queda muy bien expresado en algunas imágenes. La mirada en sobreimpresión de la pantalla es ahora la que crea el paisaje del ojo artificial. Son miradas distintas en tiempos diferentes y espacios diversos. Pero con un denominador común. Lo sublime romántico ha permanecido en las imágenes como la figura mínima perdida en el inmenso horizonte. Antes la mirada iba como una flecha hacia esa figura, ignorando el horizonte, ahora la visión se recrea en él, despreciando la figura. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué este cambio?

Cuando en 1992 se inauguró en el Prado la macroexposición de Caspar Friedrich, los visitantes no experimentaron el rechazo de los contemporáneos del pintor al ver  Monje junto al mar o El mar de hielo. Tenían en la retina toda una colección de filtros de imágenes, no de catálogos, tan inútiles como escasamente consultados, sino de las más humildes películas del Oeste devoradas en cines de sesión doble. Desde la ingenua de Raíces profundas (título heideggeriano donde los haya) a las más sofisticadas que recomendaba la nouvelle vague francesa, como Centauros del desierto.


Todo acababa cuando el caballero, en el sentido literal de la palabra, no podía quedarse y partía, más que hacia, contra el horizonte incendiado, perdiéndose en él.  ¿Cómo no íbamos a entender la soledad y la secreta angustia del buen monje? Era mentira que tuviera un oscuro pasado y, en todo caso, no nos importaba.



Hoy día las series de culto sobre el Oeste han cambiado radicalmente esa percepción del paisaje. Insisto en lo de las series, y no recomiendo los documentales. La razón es obvia. De puro repuestas en horas para espectadores traspuestos, la cámara difícilmente encuentra un nuevo encuadre en las inmensas llanuras del Serengeti; las sobreexplotadas leonas en escenas de caza (los leones no cazan, se lamen) llevan tiempo a través de su sindicato pidiendo un aumento de plantilla; las periódicas y tediosas migraciones de las manadas de ñus no tienen más aliciente que saber cada año a quién le ha tocado en el convenio ser manducado al cruzar el río por el cocodrilo de guardia. No les recomiendo tampoco experimentar el escalofrío de la aventura padeciendo Monstruos de río. El maromo presentador, después de echarle mucho misterio al asunto, nos acaba confesando que el temible depredador era una trucha con sobrepeso escapada de una piscifactoría.





El paso iniciático del romanticismo luminoso al oscuro tiene lugar en Deadwood, lo mejor de lo mejor. El lugar ideal para pasar Una temporada en el infierno del Oeste. Allí la fiebre del oro es neumonía letal. El polvo de los desiertos de Almería, donde fatigaba la armónica Charles Bronson, es aquí pura mierda mezclada con fango en las calles, donde hozan los grandes mitos como Buffalo Bill y Calamity Jane. No es solo una metáfora. Los cerdos de la seminal Sin perdón, que perseguía inútilmente Clint Eastwood, lucen aquí bien alimentados con los cadáveres de la ciudad que les suministran diligentes chinos. El surgimiento de una gran nación desde el chalaneo de la indignidad humana en la constitución de sus Estados está aquí admirablmente descrito. No se ahorran detalles fisiológicos íntimos al respecto.


Pero quizá ha sido Hell on Wheels la que está contribuyendo a operar un cambio definitivo en la percepción. Todo está ahí, pero nada es lo que parece. Si en la anterior se desvelaban los entresijos de la fiebre del oro, aquí es la del ferrocarrill que se pone al desnudo. La tradición de lo sublime tecnológico americano muestra la simbiosis del tren con el paisaje, atravesando las inmensas planicies llenas de hierba o los desiertos con postal del Gran Cañón al fondo. Aquí todo son cicatrices. El zoom out nos aporta la visión clásica


Pero el zoom in nos acerca al cosido de urgencia en el seno inmaculado




Los indios serán indios, pero no tontos, y sus estudios en Harvard les llevan a desconfiar sobre los tratados que les ofrece el hombre blanco, sin antes haber leído la letra pequeña de los reglamentos, que es lo que importa. Mantienen, por puro capricho, una miniceremonia de iniciación heredada de Un hombre llamado caballo, eso sí, abreviada, por la crisis económica.

El cristianizado hijo del jefe indio es capaz de sostener una discusión teológica de alto nivel con el predicador del ferrocarril.


Los matemáticos confirman las sospechan que los de Humanidades han tenido siempre respecto al designio oculto de sus cálculos









Podríamos seguir. No es necesario, ya que lo que importa es mostrar el fin de la edad de la inocencia en lo sublime romántico. Su objetivo, antes y ahora, era presentar lo impresentable, activando el mecanismo de sublimación. Algo cada vez más difícil, habida cuenta de la galería de tipos impresentables que pueblan esos paisajes. La mirada, que ya sabe, los ignora, abriéndose a la tierna indiferencia de los horizontes.



Desde esta mirada impura el cuadro aparece de otra manera. Es posible que nos hayan cortado los párpados al contemplarlo, como sugería Kleist, pero porque creemos reconocer espantados en la figura del monje al protagonista maldito de la novela del gran Lewis, El Monje. Ahora sus aparentes tribulaciones, angustia y soledad pueden esconder unos cálculos inmorales. Vienen a la mente las declaraciones al periódico de un colega suyo, expresidiario o político, no recuerdo bien, quizá las dos cosas: "Tenía que delinquir por cojones. De fugado se tienen muchos gastos" (El País, 27/05/2012)

1 comentario:

Iván Macías Macías dijo...

Cada vez las grandes personalidades nos pesan más. Nos agobian. Es que hay demasiadas, de hecho. Noto algo así como una necesidad de perderse en el vacío en todas esas imágenes, esparcirse en los espacios inhumanamente grandes: lo humano nos agobia. Ya no queda a penas nada de aquél interés biográfico por las grandes figuras intelectuales o dramáticas, y aquello de los grandes ídolos está en desuso, vendido como aglutinado barato a los sectores algo más despistados y desprovistos de cultura. En las series -por ejemplo-, muy pocas son protagonista-centristas. En nuestras vidas, casi nadie tiene ya un único ídolo. No es por desprecio al ídolo, es que hay demasiados, tantos que son de usar y tirar. A Mao Zedong por día.

Las humanidades se interesan cada vez menos por lo humano... Y entre tanto agobio, el vacío de lo inmenso.

Un saludo.