jueves, 30 de octubre de 2014

Thomas Bernhard: la enfermedad de la vida en la mala leche.



La tesis filosófica es la vida como enfermedad y su descripción literaria consiste en una minuciosa escritura de la enfermedad de la vida. La experiencia de la segunda ha llevado a Bernhard a los “viejos maestros”, cuyos nombres aparecen con frecuencia en sus obras. No tanto a modo de citas (aunque las hay) como de consuelo y refugio (“¡Mi Montaigne, a quien quiero más que a nada!”) en un mundo hostil de incomprensión. Es la vida en su trastorno la que busca una forma de lucidez extrema llamada filosofía que da cuenta de su absurdo aunque no pueda remediarlo. Paradójicamente es la fascinación del absurdo la que le impide caer en la desesperación. En toda la obra de Thomas Bernhardt late el asombro por la increíble infelicidad del ser humano, la propia y la que causa a los demás. La maldad está en la propia naturaleza pero la malicia es el plus social de la insania que anida en la enfermedad.

La enfermedad tiene, pues, un carácter ontológico pero también social, y no solo eso, sino que es precisamente el entorno de la naturaleza y de la sociedad el que mata o, más precisamente, se suicida en el ser humano a través de la procreación, origen de todos los males. De ahí salen cuerpos golpeados y que golpean sin que pueda hablarse de responsabilidad. Ellos absorben todo el malestar y trastorno social que reciben en forma de agresión y lo devuelven analizándolo hasta el límite de la locura en una escritura circular. No son héroes, sino marionetas que, a diferencia de las de Kleist, adolecen de un exceso de conciencia. La enfermedad no tiene aquí el prestigio romántico de lo interesante sino que forma parte de un proceso de autodestrucción en el que consiste el absurdo de la vida. No cabe hablar en ese sentido de nihilismo, pues no se niegan unos valores para instaurar otros, sino de la voluntad de una mirada lúcida que, al no encontrar remedio para lo irremediable busca, al menos, entender, por más que en eso le vaya la vida en el pleno sentido de la palabra. No es una lucidez desesperada sino fascinada.

Este pequeño volumen es todo un concentrado de temas recurrentes en el resto de la obra de Bernhard. Por ejemplo, Reencuentro. Aquí encontramos la raíz de un estilo circular, de una respiración literaria  casi sin pausas y, lo que es más importante, la biología que sostiene a lo que se ha definido como ironía, paranoia, del estilo y de los personajes lo que, siendo cierto, es claramente insuficiente pues la causa, ya apuntada antes, es lo que vulgar (pero recogido por la RAE) se denomina lisa y llanamente mala leche. El personaje que habla en primera persona reconoce que la recibió de su madre y del esperma de su padre y él no puede por menos de compartir esos dos elementos en que se basa la generación irresponsable: intranquilidad y culpa, por más que los rechace vistos en los demás, especialmente en sus padres. 

No otra cosa que mala leche destila Bernhard en Mis premios, admirándose de que las barbaridades proferidas contra Austria y su gobierno en el acto de recepción hayan provocado una airada repulsa. En este volumen se pueden encontrar en Ardía una compilación de sus insultos más selectos contra Austria, especialmente Salzburgo, nido de xenófobos, antijudíos y nacionalsocialistas, al decir de Bernhard. No oculta que acepta los premios por dinero y que si no los rechaza, como sería consecuente, es porque irían a parar, así dice Bernhard, a cualquier inútil. Lejos de ser algo extemporáneo el autor se convierte aquí en personaje y revela que lo que el lector percibe en su obra como una tragedia es en concreto una comedia. No hay dignidad en la lucidez. Los artistas y depositarios de oscuros proyectos fallidos que aparecen en sus obras se revelan en el fondo como unos trastornados sin causa, pero con tiempo y dinero, al decir de la compasiva posadera de El malogrado.

Es conmovedor asistir a los últimos días de Goethe se muere. Un Goethe en horas terminales, incapaz ya de hallar ese punto medio que le hiciera famoso, funde y confunde tiempos, personajes y espacios y reclama junto a su lecho a Wittgenstein, repudiando al otrora fiel confidente Eckermann. El cuento acaba, como no podía ser menos, con una falsificación: sus últimas palabras no habrían sido Mehr Licht! (más luz) sino Mehr nicht! (ya no más), y habría preguntado por Bernhard.



domingo, 14 de septiembre de 2014

la insoportable levedad de la insignificancia



"Pasó junto al instructor y cuando estaba a unos tres o cuatro pasos de distancia volvió hacia él la cabeza, sonrió, e hizo con el brazo un gesto de despedida. ¡En ese momento se me encogió el corazón! ¡Aquella sonrisa y aquel gesto pertenecían a una mujer de veinte años! Su brazo se elevó en el aire con encantadora ligereza [...] Era el encanto del gesto, ahogado en la falta de encanto del cuerpo. Pero aquella mujer, aunque naturalmente tenía que saber que ya no era hermosa, lo había olvidado en aquel momento. Con cierta parte de nuestro ser vivimos todos fuera del tiempo. Puede que sólo en circunstancias excepcionales seamos conscientes de nuestra edad y que la mayor parte del tiempo carezcamos de edad"
                                        (La inmortalidad)

"—Cáncer…
Ramón tartamudeó algo y, torpe, fraternalmente, rozó con su mano el brazo de D’Ardelo.
—Pero hoy eso tiene tratamiento…
—Demasiado tarde. Pero olvida lo que acabo de decirte, no lo cuentes a nadie; vale más que pienses en mi cóctel. ¡Hay que seguir adelante! —dijo D’Ardelo y, antes de continuar su camino, alzó la mano a modo de saludo, y ese gesto discreto, casi tímido, tenía tal inesperado encanto que Ramón se emocionó"
                            (La fiesta de la insignificancia)


Las novelas de Kundera, como sus personajes, nacen de gestos, y en ellas el autor se convierte en actor a través de ambos. El gesto es el vacío, la belleza terminal de la gesta que ya nadie aprecia y, por ello, es tanto más encantadora. El gesto es la huella de los actos perdidos, del destino que amamos pero que no nos ama, de la vida que está en otra parte. La enorme simpatía de Kundera por lo terminal se contagia en la enorme simpatía por un Kundera terminal en esta novela.

Al final la insoportable levedad del ser es la insignificancia y "la insignificancia, amigo mío, es la esencia de la existencia". No hay ninguna cosa en sí kantiana -filosofa su personaje Stalin- solo el mundo como voluntad y representación "y que, para hacer que exista esa representación, para hacerla real, debe haber una voluntad; una enorme voluntad que la impondrá". La suya, evidentemente, apostilla un Stalin ya sin voluntad, aburrido de esa pandilla de "Sócrates de alcantarilla" que le rodea. Únicamente Hegel le tienta a Kundera, porque "sólo desde lo alto del infinito buen humor puedes observar debajo de ti la eterna estupidez de los hombres, y reírte de ella".

Es lo que hace en esos encuentros casuales de los que nacen los gestos aromatizados con una belleza terminal que vence al tiempo. En ellos se pone de manifiesto el valor de la insignificancia y la "nocividad" de ser brillante. Esa levedad es posible en las novelas de Kundera si se cumple una única condición, la de no quedar aplastados bajo el cáncer europeo moderno que roe la existencia:"sentirse o no sentirse culpable", esa es la cuestión.

"—Aconséjeme usted cómo he de hacerlo —sonríe amargamente Tamina.
 —¿No ha tenido nunca ganas de marcharse?
 —Tuve —reconoce Tamina—. Tengo unas ganas tremendas de marcharme. Pero ¿adónde?
  —A algún sitio en el que las cosas sean ligeras como la brisa. Donde las cosas hayan perdido su peso. Donde no haya reproches.
  —Sí —dice Tamina soñando—, ir a algún sitio donde las cosas no pesen nada".
                                (El libro de la risa y el olvido)








jueves, 4 de septiembre de 2014

lunes, 1 de septiembre de 2014

viernes, 29 de agosto de 2014

la fuerza romántica, y prosaica, de la contradicción












 "!Pobre Novalis!"

Exclama Véronique, la estudiante de filosofía. La célula maoísta Aden Arabia ha decidido convertirlo en diana de su juego revolucionario. El brazo ejecutor será Guillaume, ese, el que representa el papel de Guillermo en Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister de Goethe. Al final la flecha, desviada, se clava en la fotografía de Descartes. Pero el mal está hecho. Novalis, el creador de la inacabada Enrique de Ofterdingen, una réplica a la pagana obra de Goethe, sufre una postrera humillación a manos del personaje urdido por un advenedizo. Pues de eso se trata. Novalis, él sí, Freiherr von Hardenberg, noble de nacimiento, no como el piernas de Goehte que se acopló un "von" tardío. Con desdén juzgó la obra, la "novela de formación", de este último como el peregrinaje hacia un título nobiliario. En realidad se trataba de algo más que de un problema de casta: sospechaba que la novela de formación acabaría en novela de deformación, que Guillermo, actor frustrado en la escena, terminaría haciendo de la vida un teatro. No fue así, pero tampoco podía saberlo, ya que Goethe escribiría la continuación años más tarde, cuando él ya estaba muerto. Y en ella se exponía un concepto de ciudadanía romántica que habría venido muy bien a los desnortados palizas verbales de la película y a algunos tertulianos actuales. Pobre Novalis. Romperse la cabeza por las noches (como dejó constancia en sus diarios) con la Doctrina de la Ciencia de Fichte, para esto, después de trabajar todo el día como gerente en las salinas, ya que un título nobiliario viste mucho pero no da para comer, no todos son un mantenido del duque de Weimar, como el Goethe ese. 

La novela inacabada nos ha llegado gracias a los desvelos editoriales de su amigo Tieck. Y este es el traductor de El Quijote al alemán. Un dato capital. Pues es el perfil del Caballero Andante devenido en Caballero de la Triste Figura lo que enlaza el fantástico tráiler donde El Quijote de Albuquerque, Walter White, recita con voz soberbia el poema de Shelley Ozymandias, una joya del romanticismo oscuro, con la aventura que propone Novalis a cada uno de construir su yo trascendental, es decir, ser el yo de tu yo, la auténtica "fazaña" ontológica, la culminación del romanticismo luminoso. La construcción de la identidad es un camino interior, dice Novalis, pero al término del viaje no hay nada garantizado, frente a la esperanza de la evidencia del yo soy yo fichteano, quijotesco, uno puede que vea doble, al doble, que yo es otro, certificará Rimbaud.

Véronique le pide que indulte a Novalis ya que para ella es la poesía como Brecht para Guillaume el teatro. El cacao mental del cruce entre Novalis y el maoísmo en la película no deja de ser interesante. ¿Será la flor azul la dictadura del proletariado? En Tentativas sobre Brecht Benjamin observa que Don Quijote es el prototipo del héroe apaleado, de la vida como naufragio; enseña que solo cuando uno se va a pique llega al fondo de las cosas. Siguiendo con la analogía, Ozymandias, ese colosal naufragio en escultura, sería el trasunto de la vida como naufragio que narra El Quijote como obra literaria. 

La película de Godard La Chinoise (1967) es ambigua, irónica, cínica, preludio de los conflictos que vendrán al año siguiente. En Porcile (1968), con los mismos actores protagonistas, Pasolini hará una parodia sangrante de los diálogos de esos "pijos" burgueses metidos a maoístas. En la película se ponen de manifiesto verbal e icónicamente todo tipo de contradicciones hasta el punto de preguntarse, parafraseando la canción: ¿qué hace un burgués como tú en un partido comunista como este?. Hoy día puede verse como una pieza arqueológica, no sin un cierto espanto. Después de las películas de Rithy Pahn sobre el genocidio de Pol Pot o las de Wang Bing sobre las consecuencias nefastas en vidas humanas y el desarraigo de la campaña de las Cien flores del camarada Mao, resultan muy difíciles de digerir las alabanzas que ahí se multiplican, y todavía más las invitaciones a seguir su ejemplo. El fantasear con ponga un campesino u obrero en su vida se enfría ante el drama de cientos de miles de intelectuales enviados al campo para ser "reeducados" mediante el trabajo y muertos de hambre y agotamiento. Bien es verdad que había un desconocimiento bastante extendido de dichos sucesos. 

Pero las lecciones de estética política que suele brindar Godard en sus películas permiten ir más lejos que la extrañeza epocal y los (pre)juicios a ella aparejados. No hace mucho estaba de moda poner a parir al 68 después de años en que los mismos aburrían con el yo estuve allí, aunque no se supiera muy bien dónde y en qué. Se olvidan los progresos sociales y el cambio de mentalidad alcanzados en temas que, afortunadamente, hoy son obvios. Claro que hoy día sabemos más, aunque ello no quiere decir que entendamos mejor las cosas. Las citas de los clásicos románticos que hace Godard en este contexto no son ociosas y se refieren a un proceso de educación sentimental que deben sufrir los personajes. Véronique cree que es de naturaleza teórica, para conformar un teoría origen de un acción justa. Pero no se trata de eso. La educación sentimental aporta sabiduría pero no conocimiento como se desprende de La educación sentimental de Flaubert. Lo que aporta es la sabiduría de la inintencionalidad. Lo recogerá Kundera al afirmar que la vida es un conjunto de casualidades (no causalidades) mal vistas y peor aprovechadas. Si yo hubiera...concluyen los personajes de la novela de Flaubert, pero Federico tiene la sensatez de renunciar a la señora Arnoux que, por fin, se le entrega. Sabe que si consigue el ideal por el que ha luchado tanto tiempo, luego quedará atrapado por el tedio. Merece la pena mantener la llama del recuerdo, del cómo fue, de la búsqueda. Una vida en gran estilo consiste en estar a la altura de una gran pasión, de consumirse, no de consumarla. Suena el timbre, es Schopenhauer que viene de visita, siempre tan alegre, a charlar sobre el absurdo de la voluntad de vivir. 


Véronique se convierte en asesina del hombre equivocado al confundir un número de habitación. Lo intenta otra vez. Walter White empieza sus fechorías con la sana intención de dejar un futuro asegurado a la familia tras su muerte por cáncer. Llegan las otras muertes, al principio no deseadas, luego comienza a disfrutar con ello, hasta el extremo de que ya nadie se sabe qué pensar (alguien, ella, dice su mujer, atemorizada pero decidida, tiene que proteger a esta familia del hombre que protege a esta familia). ¿Cómo se ha producido la metamorfosis de Walter en Heisenberg? ¿Una crisis del yo? La crisis de los 30 años es dura (mira, Alejandro Magno a los 33 años ya había conquistado un imperio y yo...menuda birria), pero la de los 50 es de aúpa, ya se vislumbran los últimos trenes de reparto. Es la mediana edad de Walter White y Don Quijote, de los que poco se sabe antes, excepto que llevaban una vida anodina. Luego, en una metamorfosis kafkiana, se convierten en desastres ambulantes, eso sí, al principio con las mejores intenciones, luego tapando una mentira con otra: "yo no sé qué consigo con tanto esfuerzo".  Él no quería que muriera su cuñado Hank, a lo que solo puede oponer este en sus últimos momenntos de vida palabras de desdén. Dispara por equivocación a Mike dando lugar a una de las escenas más logradas de la serie. Ante sus disculpas solo acierta moribundo a musitar con desprecio


Walter White es un moderno Ozymandias de los daños colaterales. No hace falta ser colosal para provocar colosales naufragios...en los demás. Basta con contestar adecuadamente a la pregunta


Al final de la película Véronique constata que no ha dado el gran salto hacia adelante solo un primer paso; Guillaume se convierte en atracción de feria; Serge (el zumbado del radiocasete) se suicida; Henri busca empleo como químico; ¿ y qué ha sido de Yvonne, la perdida intelectual y vitalmente, generosa, que limpia la casa y se prostituye ocasionalmente cuando la célula anda corta de fondos, mientras los demás gandulean? Todo sea por la causa. Película y teleserie no concluyen, en el sentido de que no son concluyentes, aunque permiten saber más ¿Puede hacer otra cosa el cine? Pasolini, al final de Apuntes para una Orestíada africana, después de intentar mostrar el mito del que venimos, que somos, ante la perplejidad de los estudiante universitarios africanos desliza esta frase: "los problemas no se resuelven, se viven". Quizá de esta manera podamos imaginarnos al Sísifo que empuja incansable la roca de la contradicción, aunque no haya dios que lo entienda, solo Camus, feliz.