sábado, 5 de septiembre de 2026

Domingo Hernández: Salir sin guardar.



Este es un libro de textos rodados y pulidos al paso del tiempo. Las diferentes fechas que dan cuenta de su origen primero indican una escritura de capas de lectura y reflexión. Es una obra de madurez no exenta de una cierta melancolía con tono, en ocasiones, de despedida, que adopta el formato de una “conversación de y sobre libros”. Si alguien definió a la posmodernidad como una larga despedida de la modernidad aquí se trata (no solo eso) de una larga despedida de la posmodernidad. Al fin y al cabo “hay que aceptar que un día fuimos posmodernos”. No somos ya posmodernos, enfatiza, pero, ¿qué somos ahora?

En cierto modo, este libro es una parada en el camino. “Viajar, se dijo a sí mismo, es un estado maravilloso”, escribía el romántico Tieck, muy cercano al autor, pero esa frase encuentra la respuesta irónica de “Viajar, hoy día, está sobrevalorado”. Ese punto de transición es una encrucijada en forma de reto: el de “asumir la espera del presente”. No del pasado, ni tampoco del futuro.  Hay, en ese sentido una cierta y misteriosa “urgencia vital” que late animando la extraordinaria erudición y las lecturas y que despeja el paradigma académico de libros que solo hablan de libros. Por el contrario, la lectura es entendida como un ejercicio de responsabilidad estética que se resume en las palabras finales: “la de leer mejor”. Leer mejor es una invitación a pensar mejor.

¿Qué quiere decir esto? La erudición no sobrecarga, sino que aligera las incesantes matizaciones con las que el autor aborda los temas. Estos, una vez enfocados, se convierten en un caleidoscopio. Es cierto que aparecen aquí algunos de los hitos de toda una trayectoria: novelas, ironía, romanticismo, arte contemporáneo, comic, y otras complicidades quizá encubiertas en el guiño de una portada Steampunk. Pero, una y otra vez emerge, con frases contundentes una decidida voluntad de actualidad dictada por lo que define como “una urgencia vital”. Es la que anima este libro que resume una trayectoria desde aquella primera gran obra La ironía estética. Estética romántica y arte moderno. Ahí se anuncia un método de trabajo y de escritura que aquí llega a su plenitud: el de las “interferencias”, entramado de conexiones entre los capítulos que se configuran como textos vitales. Y así un cierto paralelismo entre el fin del arte y lo posmoderno: “Algo que fue, pero ya no es, algo que es que sigue siendo, pero de otra manera”. Leyendo la obra se observa el recorrido de las vicisitudes de la ironía hasta un punto límite que me recuerda la “belleza terminal” de Kundera, esa que se recoge cuando ya nadie parece quererla. Para ello tiene un método adquirido en diálogo con alguien maestro en unir ironía, deshumanización del arte y sensibilidades emergentes.

El profesor Domingo Hernández ha sido el editor de una obra capital de Ortega y Gasset: El tema de nuestro tiempo. Aquí aparece bajo la forma de una meditación de nuestro tiempo: “Una época…que se alimenta en gran parte de retornos, reciclajes y versiones” y la necesidad y oportunidad de “salvar” la ironía, pues la ironía, cada vez más “sospechosa”, dice, se halla en un momento complicado y, sin embargo, quizá nunca haya sido más necesaria. Se trataría, pues, de “salvar” (llevar una cosa a la plenitud de su significado desde una distancia crítica) a la ironía como posibilidad de la imaginación estética tras los excesos de la posmodernidad. En p. 170 hay un auténtico vademécum de uso de la ironía como guía de perplejos. Y un referente por el que el autor siente desde hace años una especial debilidad: la fascinación por “el irónico Tatlin”, la “ironía melancólica de Tatlin”; y un propósito, “gestionar lo inacabado” de Tatlin. No es poco. Queda guardado.

 


 

miércoles, 2 de septiembre de 2026

Lecturas "estivales". Heidegger en España (6)

 

Los autores del libro han hecho un estudio exhaustivo de la recepción de lo que denominan “la industria cultural heideggeriana”. El método empleado hace que en determinados momentos tengan que puntualizar: “Aquí nos centraremos en la recepción filosófica, no siempre fácil de distinguir respecto a la recepción ideológica y política”.  No es fácil. Más adelante: “En la medida de lo posible dejaremos a un lado esta recepción puramente ideológica para apuntar a la que tiene lugar en el campo filosófico”. De hecho, ambas están entrelazadas en el libro. Pero no se trata solo de observaciones externas, recogida de datos exhaustiva, sino que se extiende a lo que se critica del método “interno”, es decir, emitiendo juicios filosóficos de contenido, ya sea apoyándose en otros autores o en algunos textos de Heidegger, sin entrar en un análisis pormenorizado. Es cierto que no pretenden esto último, pues no es su objetivo ni tampoco son especialistas en él.

Las consecuencias de todo ello podrían discutirse con más detalle, pero me voy a detener en uno de los puntos tratados con frecuencia en el libro y es la relación de Heidegger con Ortega. El acento recae sobre las reivindicaciones de prioridad y originalidad por parte de Ortega agudizadas por la desafección de sus discípulos. Mis trabajos sobre Ortega desde 1984, las Notas de Trabajo de Ortega sobre Heidegger que publiqué con Domingo Hernández, me llevan a calificarlo como un enfoque anecdótico y periférico. Se trata de dos estilos de pensamiento completamente distintos. Algunos detalles: sentido afirmativo de la vida orteguiano y crítica de la angustia y el nihilismo heideggerianos, que luego extenderá a los existencialistas; decisión por el hombre frente a decisión por el Ser, considerado por Ortega como un concepto histórico caduco; valoración original de la técnica explícita en los años 30, pero que alcanza su máxima expresión en el Coloquio de Darmstadt, posibilitando un humanismo tecnológico de nuevo cuño; crítica al elitismo del pensador en la reconstrucción de Europa y alternativa novedosa de la función social del intelectual. Son solo unos de lo aspectos que marcan diferencias, lo que no obsta para que Ortega afirmara en carta que esperaba contar con Heidegger para el Instituto de Humanidades que proyectaba fundar en Alemania, antes que en España. 

No me extiendo más. Volviendo al comienzo de estas reflexiones, al artículo de El País, creo que Ortega ofreció y ofrece la posibilidad de un pensamiento en español, de no ser un pensamiento ajeno.