sábado, 26 de julio de 2008

La jibarización hermenéutica

Decía Isaiah Berlin que “la literatura sobre el romanticismo es más abundante que el romanticismo mismo, y la literatura encargada de definir de qué se ocupa esta literatura es, por su parte, verdaderamente voluminosa”. El pensamiento, cuando se vuelve impotente para la creación, se transforma en simple hermenéutica y juega con el recuerdo. La hermenéutica es así el placebo de la creación. El romanticismo es la espiral de ambos: ansia de creación que acaba en hermenéutica queriendo ser otra cosa. Normalmente se piensa en Schleiermacher, pero Schlegel es un buen de ejemplo de ello cuando llama al historiador “un profeta al revés”.

Define muy bien la hermenéutica que, hoy día, es un frotar incesante la lámpara de Aladino de la historia en la vana espera de un genio que conceda los deseos que cambien la vida y de paso al mundo. Pero sabiendo, en el fondo, que no habrá nada de eso. Tampoco se pretende. No se trata ya de cambiar las cosas, sino el punto de vista sobre ellas. Cultura y vida transcurren por caminos diversos.

La dialéctica marxista de la tesis 11 sobre Feuerbach relativa al paso de la interpretación al cambio del mundo cobra así una nueva modulación: se trata de la interpretación del cambio como cambio de la interpretación. Con ello no se ha salido de la vieja esfera idealista, de que todo transcurre en la esfera de la conciencia.

No hay una brecha generacional en las sociedades postindustriales, pues la constatación de la imposibilidad de cambiar el mundo de una generación, después de las revoluciones, ha llevado a que las siguientes ni siquiera se lo planteen, más preocupadas con encontrar un lugar bajo el sol.

Esta es una herencia del romanticismo, pero no de románticos como Kleist, quien, después de recomendar a los clásicos para la juventud, invitaba a abandonarlos, cuando se convertían en modelos castrantes para la imitación. Y en la Carta a un joven pintor apostrofaba: “¿cómo sois capaces de despreciaros hasta el extremo de consentir en pasar por la tierra sin dejar huella alguna de vuestra existencia?”.

Las profecías históricas, como la de Schlegel, se cumplen al precio del reduccionismo. Lo que los románticos hicieron con la Antigüedad y la Edad Media lo han sufrido después en propia carne. Se dice que el pueblo de los jíbaros somete las cabezas de los enemigos muertos a un proceso de reducción, de desecación, que les permite mantenerlas, tenerlas a mano. Se apropia de la memoria de los otros acrecentando la propia, no dejándolos descansar.

Del mismo modo las categorías historiográficas herederas del idealismo reducen lo mentado por ellas a la condición de enemigos de la creación. Ya ocurrió con la cabeza de la modernidad, confinada a ser la época de la razón. Pero también ha sucedido con el corazón romántico, encogido en una pasa sentimental. Las grandes categorías históricas amplían de este modo en sus títulos, pero reducen en sus contenidos, al precio de no decir casi nada. Son la publicidad académica. Magníficas cabezas jibarizadas.

En el caso del romanticismo todo se reduce a un poco de tiempo (cinco años, 1795-1800) y un pequeño lugar (Jena). Ahí está lo esencial para la guía que necesita el “turista accidental” del viaje al romanticismo. Ahí empieza y acaba el viaje romántico. El resto de tiempos y lugares es sólo un acompañamiento lejano, con alguna escapada a la vecina Weimar, pero más bien para debatir el, sin duda, apasionante tema de si son clásicos o románticos. Olvidando la observación del Fausto: “Vos conocéis tan sólo los fantasmas románticos; el verdadero fantasma debe ser también clásico”. Lo penoso es que, de este modo, el pasado sigue sin iluminarse y el presente queda desatendido.

Cuando hablan de romanticismo, muchos escriben filosofía del romanticismo, pero a lo más que llegan es a mostrar el romanticismo de la filosofía. Y eso es un gran mérito, ya que no queda mucho ahora. En todo caso, al construir la tradición romántica hay un dilema: hacerlo desde el romanticismo académico o desde el romanticismo de la actualidad. Tienen poco que ver.

2 comentarios:

Manuel González dijo...

Hola Jose Luis:

Soy un alumno tuyo del 92 y el 93. Te sigo desde hace unos meses, pero ahora me decido a mandarte un comentario.

Me alegra recordar en algunos de estos post aquellas interesantes clases que nos dabas, de las que más gratamente recuerdo de la facultad, no por estar siempre de acuerdo contigo, sino por animar a pensar.

Es pues de agradecer encontrarte en la globalización humanística de este mundo y leer estos posteos.

Saludos

josé luis molinuevo dijo...

Me alegro mucho de tener noticias tuyas. La verdad, echo de menos aquellos años, para seguir pensando juntos.
Un abrazo
JLM