"Las metáforas son manos que moldean el barro de las expectativas".
De los mejores libros que se han escrito sobre inteligencia artificial (con minúscula)
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Recomiendo el visionado de la
película de Linklater teniendo a mano, si es posible, la monumental biografía
de Antoine de Baecque, de la que el director ha debido de hacer buen uso sin
aparentemente citarla. Si la película es el tributo divertido a los inicios de
un genio, el libro muestra el lado oscuro de la fabricación de un mito.
Reconociendo Baecque que, más allá de su catadura moral, de sus películas casi
olvidadas, decir Godard equivale a seguir diciendo “cine”, tout court. Porque,
como bien señala al final Linklater: “Nunca dejó de hacer películas, ensayos
cinematográficos”. Esa voluntad de innovación, de ensayo, le lleva al final al
límite de la autodestrucción. Pero también a la genialidad que lo salva. Aragon
le consideraba un “Cézanne moderno”.
Hay toda una serie de perlas en forma de haikus que
han hecho las delicias de los citadores, desde la célebre de 1959 en los Cahiers,
“los travellings son un asunto de moral” a “la fotografía es la verdad. El cine
es la verdad veinticuatro veces por segundo”. Baecque resumió muy bien lo que
hay detrás de ellas: “Es el deseo de pensar con las imágenes”. Debo reconocer la
deuda, que fue esto uno de los incentivos para mi trabajo en el “pensamiento en
imágenes” y , más en concreto , desde las “estéticas del entre” tal como lo
expuse en Retorno a la imagen. Inolvidable Pierrot le fou sobre
la que en Jean-Luc Godard por Jean-Luc
Godard leíamos “Es el tema, su definición. Velázquez, al final de su vida
ya no pintaba cosas definidas, pintaba lo que había entre las cosas definidas y
eso lo repite Belmondo cuando imita a Simon: no habría que describir a la
gente, sino lo que hay entre la gente”. Lo que, por cierto, hacía Antonioni. Y
había teorizado Ortega y Gasset.
Le película de Linklater no trata, en realidad, de la Nouvelle
Vague sino de los inicios de Godard y el caótico filmado de À bout de souffle.
Caótico, sí, pero dentro de un orden. Como declaraba en 1960 a Yvonne Baby: “No
he improvisado nada”. Godard, un genio melancólico del cine y de la
autopromoción.
La película muestra el día
después del héroe americano. Kelly ha vuelto y logra con su consejo (“Göring no
puede oponerse al Führer”) que Göring sea condenado. El regusto de la acción es
ambiguo icónicamente en las diferentes secuencias de los primeros planos: una deslealtad
profesional propicia la condena de una lealtad. Se le agradece, pero como en
las películas del día después, se queda solo. No lo quiere nadie. Había
centrado su trabajo en descubrir la “psicología del mal” para intentar
prevenirlo. Si los alemanes eran distintos en ello a otros pueblos. Consigue
entender la estrategia de Göring de haberse entregado para ser juzgado, contar
su versión y contribuir a un renacimiento y fortalecimiento del nazismo. Y, de
rechazo, el fondo de su “psicología del mal”: la ambición desmesurada de poder.
Y en eso no fueron tan distintos los alemanes.
El que esa ansia totalitaria de poder siga
floreciendo después en individuos y grupos de las democracias es algo que
estas, autosatisfechas, no están dispuestas a aceptar. Kelly ha hecho su
trabajo de la secuencia inicial: entender, condenar, prevenir. Si este era el
objetivo último del juicio ha fracasado y esa mirada del abismo dentro de él le
ha llevado a la autodestrucción con el mismo veneno que utilizó Göring. A pesar
de la cita de Collingwood la historia no siempre es maestra de la vida.
Especialmente si se cruzan entremedio las imágenes con su propio lenguaje, no
asimilable al oral o escrito. Y es ahí, más allá de la argumentación, donde
anida el posfascismo posmoderno, como dice Kelly, más allá de los gestos y los
uniformes. Y…de sus propias palabras. Y de las intenciones del director de la
película. Como suele ocurrir con el nazismo se tiene mucho cuidado con las palabras,
pero se descuidan las imágenes, la “fuerza”, ya no bruta, sino ambigua, de las
imágenes. No pongo, por respeto, las imágenes de los judíos asesinados en los
campos: “imágenes pese a todo”, no. Las otras del director.
Douglas está leyendo la noticia
del suicidio de Göring que, al final, dice, ha escapado. Pero lo interesante es
lo que viene a continuación: un primer plano de los ahorcados después del
juicio, hacinados, amontonados unos sobre otros en lo que según se va alejando
el plano se revela como un camión en una carretera a cuyo final parece estar un campo
de concentración. Esa imagen se solapa con la de los cadáveres de judíos
amontonados en pilas. La secuencia se puede interpretar como una justicia
icónica pero también alimenta el carácter inintencional de la imagen: ambos son
víctimas y después de haber indagado si son diferentes los alemanes ahora se
responde a la otra pregunta de si son o no mejores los americanos. La respuesta
icónica no es afirmativa, se corresponden ambas imágenes. Y arroja una luz
retrospectiva ambigua sobre el sentido del juicio en la versión de esta
película.
Efectivamente, hay un riesgo de
empatizar con el enemigo, no solo de intentar comprender estratégicamente su
punto de vista, sino de exponerlo, dejándole hablar, como ocurre en esta
película. Estamos acostumbrados en otras a escuchar el argumento de la “obediencia
debida” como exculpación respecto a los crímenes cometidos, tal era el caso de
Eichmann. Pero aquí el nivel de argumentación es distinto. Lo simbólico del
título “Núremberg” es que designaba la ciudad en la que se dictaron las leyes
nazis sobre la pureza de raza, la ciudad de “Las leyes de Núremberg” de 1935
que determinaron el sistema procesal alemán. Lo que intentan ahora es cerrar la
guerra con una condena del nazismo fruto de la creación de una ley
extraordinaria sobre crímenes de humanidad. Es lo que pretende el juez Jackson,
la creación de una nueva ley internacional que permita juzgarlos ante la
dificultad de hacerlo con las existentes. Y de ahí que los cargos en el breve
espacio y tiempo consagrados al juicio en esta película se centren en el exterminio
de los judíos.
La intervención de Göring se
entiende en ese contexto. Establece una diferencia básica entre legalidad y
moralidad. La legalidad la establecen los vencedores después de la guerra
mientras que la moralidad está en una “niebla”, es cuestión de punto de vista,
de situación. Así menciona Göring el bombardeo nuclear de Hiroshima, la
aniquilación de prisioneros alemanes por los rusos…rechazando una moralidad
superior hipócrita. Nos detenemos aquí porque ese tipo de argumentos se han
visto luego reforzados cuantitativamente con los estudios de los cientos de
miles de mujeres alemanas violadas, los bombardeos incendiarios sobre ciudades
alemanas sometidas, la polémica sobre el no bombardeo de campos de
concentración por los americanos …
Sobre este tema y lo que viene a
continuación me he ocupado en el número 7 de Archipiélagos, Fenomenología
de la alienación y el 11 Cine trabajo (Farocki), que se pueden
descargar en este blog.
Contra lo que pueda parecer la
argumentación no va en la línea del “Y tú más” sino sobre algo previo. Y aquí
es preciso recordar lo que señalaba al comienzo de estas entradas: el público
de EEUU al que va dirigida la película. Ya había antecedentes.
Vanderbilt parece repetir el planteamiento
desarrollado por Errol Morris en su extraordinario documental. Le May, el
general, uno de los responsables últimos de la matanza de Hiroshima reconoce que de haber perdido
los americanos habrían sido juzgados como criminales de guerra y en esa línea
McNamara respecto al empleo del napalm en Vietnam reconoce lo mismo, solo que él
servía y era leal al presidente…Kennedy.
Compárese luego con la línea argumentativa
de Göring.
Si la película trata sobre la
trastienda de un espectáculo, lo cierto que no está basada en imágenes
espectaculares sino en diálogos que muestran la “humanidad” de Göring, hombre
familiar, que se interesa por Kelly, del que “por un tiempo fuimos amigos”.
Hasta que sobreviene la “traición” del psiquiatra: utilizar las conversaciones
privadas para conocer el punto débil y debilitar su defensa. Göring ejerce aquí
de Goebbels, de seductor, y lo consigue con el psiquiatra Kelly y también con
el juez Jackson mediante la triquiñuela de la traducción incorrecta del alemán
al inglés del párrafo referido a la solución final: de ordenar la eliminación a
favorecer la emigración de los judíos. Los 5 minutos (1.20- 1.25) de imágenes
de los campos de concentración, terribles, algunas de ellas poco vistas,
significan el punto de ruptura entre ambos con sobreactuación de Rami Malek en
el papel de Douglas Kelly. Estas imágenes de los campos han sido el punto de
ruptura de la “amistad” entre ambos, de los diálogos entre “amigos” pero, como
señalaré en otra entrada, van a quedar contrarrestadas icónicamente por las
finales de los vencidos de la película. Lo que quizá no se ha tenido tanto en
cuenta en el visionado y la crítica e introduce un punto interesante de
ambigüedad icónica. La contraposición entre verdugo y víctima es así reformulada
en la de vencedor y vencido. La ecuación de “amigos” se rompe por la de
vencedor y vencido. Y este se considera una víctima, no por lo que hizo, sino
por haber perdido, por lo que le hicieron. Primeros planos en duelo de miradas
argumentativas:
Esto implica ahora mostrar en la
película el otro punto de vista: no solo el de los vencedores sino el de los
vencidos. En el texto de la película de Lang decían que suponía un “riesgo”
reflejar el punto de vista de los “grandes villanos”. En la película de Lang se
refleja el de Goebbels, aquí el de Göring que domina la pantalla con la
soberbia interpretación de Russell Crowe. Pero hay un matiz diferente: toda la
argumentación de Göring no va a ser la de Goebbels (fascismo moderno) sino la
del posfascismo posmoderno, de la violencia razonable. Y esta, como
desarrollaré en la próxima entrada, se niega a ser juzgada en términos éticos
sino de la fuerza dominante.
Dos imágenes, dos charcos de orina, al comienzo y al final. El primero de un soldado americano sobre una enseña nazi, el segundo de un ahorcado tras su condena en el juicio. Vencedores y vencidos.
La trastienda de un espectáculo. La
periodista sabe de lo que habla. Y sobre los escritores que cubrieron Núremberg
está el magnífico libro de Uwe Neumahr, El castillo de los escritores.
Núremberg 46. Encuentro en el abismo.
El juicio no empieza hasta la
hora y 15 m de película. Y dura poco. Göring posa con calma, en contrapicado, ante
las cámaras al comienzo de lo que espera sea su espectáculo.