miércoles, 28 de junio de 2017

el cabreo del real emérito


“…porque no nos podemos pasar otros cuarenta años hablando de los cuarenta años” (José Luis Garci. Solos en la madrugada, 1978).

Sí se puede. Al comienzo del programa nocturno José Sacristán enfatizaba (con esa radicalidad cómplice acreedora de un premio concedido por un jurado de los viejos tiempos): “esto es solo para los marginados de toda la vida”. La frase es interesante por ambigua, exponente de la publicidad clásica: los destinatarios del programa son una minoría, pero inmensa, niveladora de condiciones sociales y situaciones, pues se trata de los marginados de toda la vida por la vida toda. También puede referirse ucrónicamente a los marginados como el lumpen social que sobrevive en la marginalidad o a los marginados de “toda la vida”, es decir, a la minoría selecta que vive como dios de la marginalidad, eso sí, lamentándose de ello. Con su final new age Garci elige un camino intermedio, de consenso. Pesan los reproches de las tres mujeres de su vida: “no te enteras”, porque no escuchas, o dicho en otros términos más (in)actuales, “You know nothing, Jon Snow”.

Estaba pacíficamente escribiendo estas líneas para un libro inacabable cuando leo en El País, el periódico de la Transición, que el rey Don Juan Carlos no ha sido invitado a los actos conmemorativos de lo que él fue protagonista destacado. Ha trascendido el cabreo ("irritado", para ser exactos) del real emérito (no emérito real, un oxímoron, pues todo emérito es un zombi) que no se acaba de creer las razones de protocolo y se malicia otras, máxime cuando mira, dice, "hasta han invitado a las nietas de la Pasionaria". Al menos se ha ahorrado la humillación de que ha sido víctima Alfonso Guerra al que intentaron en un primer momento confinar al gallinero. Triste destino para los padres de la Constitución.

El 23 de febrero de 2014 se estrenó en la Sexta de TV el mockumentary de Jordi Évole Operación Palace El rey Juan Carlos sería el mayor beneficiario de un montaje cuyo principal objetivo era “reforzar a la monarquía”, elaborar el imaginario de un rey que trajo la democracia y la salvó. Sin embargo, las sospechas sobre la actuación del rey se ven refrendadas estéticamente no solo por los testimonios sino por las sombras que se ciernen en la pantalla cuando tiene lugar ese mismo discurso en que mandó parar. El fondo se va convirtiendo en algo espectral mientras que la figura se recorta en la presencia siniestra de una ausencia inquietante: la verdad. 


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