miércoles, 31 de julio de 2019

el ocaso de los abajo firmantes


Los abajo firmantes son un meme que se replica desde la resistencia al franquismo, los avatares de la Transición, la azarosa democracia hasta el sindiós actual. Los abajo firmantes conminan al presidente del gobierno a que ni se le ocurra pactar con Podemos mientras que otros abajo firmantes le apremian para que se deje de mandangas y lo haga, pero ya. Unos y otros argumentan con ideas y principios sin desdeñar la oportunidad del momento histórico. Lo cierto es que la cosa es mucho más seria: se trata lisa y llanamente de poder, antes llamado servicio público y ahora sillones. El posfascismo posmoderno en el que estamos instalados muestra sus dientes y se deja de remilgos cuando se llega al límite de conquistarlo o defenderlo tal como lo hacía el fascismo clásico. Las llamadas gentes de la cultura y el espectáculo (¿No son lo mismo?) habituales abajo firmantes se sienten todavía obligados a ejercer ese papel de mediadores ilustrados que les atribuía Kant en supuesta representación de un pueblo sin voz. Claro que antes no había redes sociales gritonas ni se podía montar una consulta a las bases en unas horas para que avalaran lo decidido por el líder único. Son los beneficios telemáticos de la democracia directa. Con ella no hacen falta los intermediarios y certifica el ocaso de los abajo firmantes que solo se representan a sí mismos y, a veces, ni eso.
Las NNTT han acabado con el intelectual clásico y dado paso al influencer; la tribuna de papel a la tertulia audiovisual; la idea a la ocurrencia; los hechos al relato. Lo importante es ganar el relato, es decir, presentarse como víctima de la maldad del otro, de su ansia de poder y de sillones. A Pablo Iglesias se le ha debido quedar cara de Urdangarin cuando este recriminado por su augusto suegro (él por Sánchez) debido a su falta de ejemplaridad contestaba que es lo que hacen todos. Eso es ejemplaridad, seguir y dar ejemplo. Un español bien nacido es un español ontológicamente indignado al que la vida, la administración, los vecinos y el Estado en cualquiera de sus manifestaciones hará una o muchas faenas a lo largo de su vida, especialmente a través de la agencia tributaria y que, en cuanto puede, se lo cobra. Sin remordimientos, porque se le debe todo, sin matices. La herencia del fascismo en el posfascismo posmoderno de la democracia española es la ausencia del sentido de lo público, no la confusión de lo privado y lo público, como se dice. Desde esta ausencia del sentido de lo público se explica mejor el caos político en el que todos los partidos se apresuran a construir el relato de que ellos no han sido, pero todos quieren su parte. Todos son las víctimas de un combate de egos. Pobres…de nosotros.



2 comentarios:

sociedaddediletantes.blogspot.com.es dijo...

Egos muy pobres

Mara dijo...

Pues sí...Tristemente, el horizonte no es halagüeño.
Un saludo.
Mara