viernes, 4 de octubre de 2013

martes, 1 de octubre de 2013

vídeo en defensa de la filosofía


Si no aceptas que te manipulen ayuda a salvar a la filosofía


Vídeo que me pasa Raquel Rodríguez Niño


domingo, 29 de septiembre de 2013

De cine



Si, como decía Baudelaire, "el genio es la infancia recuperada a voluntad" este libro de Eugenio Trías es una muestra de ello. Para toda una generación lo que de mágica podía tener la vida se encerraba en una frase: es de cine. Con eso estaba dicho todo. Pero no bastaba. Había que contarlo. Allí, en los programas dobles, siempre caía entre la obligada españolada una perla que contar. Las películas no solo se veían sino que lo más importante era contarlas. Ahora lo llaman compartir. Es lo que hace este libro póstumo que respira felicidad. Se nota. 

Una vida recuperada a voluntad como reflexión a través del cine. Es el disfrute de la estética como trabajo. Lo hizo ya en aquel libro deslumbrante, Vértigo y pasión, sobre la película de Hitchcock que ahora confiesa su preferida entre todas. Si Kundera veía en el vértigo el dulce e irresistible deseo de caer, Eugenio Trías detectaba "el abismo que sube y se desborda". Todo un ejercicio de diálogo entre cine y filosofía. Conviene subrayarlo en estos tiempos que corren.

[Un impresentable ministro de Educación y Cultura ha negociado para congraciarse con el mundo del cine introducirlo como materia educativa en Secundaria. Excelente noticia. No lo es que para celebrar la declaración de las corridas de toros como bien, qué digo, "patrimonio" cultural, haya decidido también rejonear a muerte a la filosofía para así acabar de darle la puntilla en la Universidad].

Este libro es diferente. Responde más al cine como "acto de ver", en expresión de Wenders, que es un acto de contar poniéndose entre paréntesis, lo que hace el niño al final de Al paso del tiempo. Eugenio Trías, un metafísico de raza, sabe estar y, en vez de perderse en ontologías onanistas al estilo de Deleuze, cuenta, muestra, aquello de lo que está hablando, suscitando, no la imagen de la trama sino, como pedían en el cine de las nuevas olas, la trama de las imágenes. El acto de ver como pura, en el sentido de simple, fenomenología de las imágenes, de dejarlas estar. Quizás esta forma de ver cine sepa a poco, pero es que lo otro es el delirio de los que saben poco de cine. Y hay mucho delirio suelto.

Saber en el sentido etimológico de gustar. Eugenio Trías, en esa fusión entre cine y (su) vida habla del cine que le gusta, no del que le parece ser más importante. Este libro es un canon incompleto de sus gustos que pensaba ofrecer en otros sucesivos. Los diferentes apartados tienen así mucho de libro de horas. Incluso me atrevo a decir que funcionaría mejor como un cuaderno de bitácora alojado en una web donde mostrar las imágenes que Eugenio tenía en la retina cuando tomaba notas. Así en la magnífica descripción de Marnie








El libro tiene formalmente la estructura de una larga conversación sobre las imágenes: mira, fíjate en los ojos glaucos y la cara enloquecida del Dr. Mabuse, en las nuevas imágenes recuperadas de Metrópolis, cómo se aclaran algunas ambigüedades de la versión amputada. 


























Eugenio completa los extraordinarios fuera de campo de Fritz Lang y sigue fascinado la trayectoria de las elipsis de Kubrick, en particular el gesto extático del prehomínido Moon-Watcher: "se produce entonces la más gigantesca elipsis del cine: cuatro millones de años. El hueso se convierte en nave aeroespacial". Asistimos estremecidos en el minucioso relato al progresivo enloquecimiento del otro vigilante convertido en espectro de la mente perturbada del demiurgo Overlock en El resplandor
















Antes de perderse en los laberintos de Lynch, tras un desfallecimiento momentáneo en una teoría que le es ajena, una pausa en el contar, Eugenio Trías mira desde la portada del libro para ver si le hemos seguido. Es la antesala de la habitación de los deseos. Efectivamente, la palabra deseo es la clave. No tanto elegir un deseo sino mantener todavía la capacidad de desear. Es lo que vence a la muerte.

Hay un hilo de Ariadna literario en toda el libro, que enlaza de una manera u otra las películas seleccionadas, Tierra baldía (1922) de T.S.Eliot, uno de cuyos cabos sirve para engavillar el conjunto de su propia obra filosófica y literaria. Junto a ello un poema, Los hombres huecos (1925), núcleo del monólogo de Kurt/Brando en Apocalypse now, pero convertido ahora en poesía de amor y esperanza de los no-muertos en el espléndido comentario al Drácula de Coppola. Podría decirse que el amor es el verdadero núcleo resultante de esa fusión entre este cine y esta vida de Eugenio Trías: "Sólo se vive una vez, en efecto. Pero vivamos en perpetua fuga hacia la frontera liberadora, hacia el final del túnel, en consagración de la más grande de las pasiones, la amorosa". El amor que vence a la muerte.

Hablamos a veces de filosofía, pero nunca de cine. Ahora lo lamento. Me hubiera gustado comentar con él esta película,. 





jueves, 26 de septiembre de 2013

domingo, 22 de septiembre de 2013

Pan, educación, libertad



Enero de 2014. Grecia ha vuelto al dracma, Italia a la lira y España a la peseta. En Atenas una manifestación de ancianos pensionistas, que prefieren seguir cobrando la miseria de su pensión en euros, se enfrenta a otra de jóvenes que celebran la renovada pobreza con una afirmación de identidad nacional: la fiesta, ¡que se jodan ellos!, exclaman refiriéndose a los países del Norte, en particular los alemanes. En el título de la novela un lema que coreaban los estudiantes griegos en los años 70: pan, educación, libertad. Eran otros tiempos, la nostalgia no los hace mejores, y ellos tampoco se escapan del ajuste de cuentas. 

 En algunas fotografías Petros Márkaris tiene un cierto aire a Bergoglio: un ojo mira en una dirección y el otro en otra. La ironía descafeinada se vuelve tierna mala leche, como no podía ser menos en un amante lector y traductor de Brecht ("¿Qué es el atraco a un banco comparado con la creación de un banco?" La ópera de los tres centavos citada al comienzo de Con el agua al cuello) y Thomas Bernhard, el cascarrabias metafísico por excelencia. El resultado es una serie (ocho hasta ahora) de peculiares novelas policíacas en las que hace una radiografía agridulce de la crisis griega.   

La novela de serie negra goza de un buen momento tanto en el Norte como en el Sur. Márkaris establece una contraposición entre ambas basándose en la brutalidad y la cocina: la primera y los bocadillos serían un distinto del Norte, mientras que la segunda sería el lenitivo de los ajetreados comisarios del Sur. Con ser cierto lo primero no lo es tanto lo segundo, especialmente cuando se trata de las grandes autoras del Norte, en particular Camilla Lackberg, cuyas recetas de repostería no deben leerse con el estómago vacío. 

 Se va instalando en el tópico que la novela negra es ya la novela social de nuestro tiempo. Es cierto, pero más exacto (como en algunas series televisivas y de ordenador) sería hablar de novelas y series grises, propias de unas sociedades que se han vuelto más complejas. Ya no se trata de unos detectives o policías al filo de la ley, y con una ética de consumo propio, esquinados en una justicia solitaria, sino de ciudadanos funcionarios que no entienden casi nada pero no por ello menos resueltos a intentar hacer bien su trabajo en un mundo en el que simultáneamente faltan y sobran leyes, ahogan los inútiles reglamentos, nadie es responsable de nada (especialidad del Sur), y los enemigos son internos: políticos incompetentes y corruptos, sindicatos bajo sospecha, universidad ombliguera, desprecio a la educación y la cultura, el soborno como moneda nacional…todo esto y mucho más se agranda en la lupa de la novela.






Estas novelas grises tienen una luz común en la que el cerebro funde texto e imagen: el nublado. Márkaris dedica esta novela a Angelopoulos, su amigo durante cuarenta años, colaborador en los guiones de cinco películas suyas. El director de cine griego esperaba días enteros, hasta que se nublaba, para empezar a rodar: no quería reflejar una Grecia de postal, sol, pueblos pintorescos y monumentos. No es la Grecia de los turistas ni la del romántico nuevo comienzo al estilo heideggeriano. Aunque Márkaris dice de Angelopoulos que era la historia reservándose para sí mismo la realidad, lo cierto es que ambos se funden en la historia de la realidad griega del presente que son tanto las novelas como las películas. Un bandido se cree Alejandro Magno y vemos a un Omero Antonutti oprimiendo al pueblo en Alejandro Magno. Unos estudiantes se suicidan mirando a sus antepasados en Liquidación final:"Hemos pensado matarnos en el Partenón; así, al menos, nuestros antepasados verán cómo han acabado sus descendientes. Fidias, Pericles, Sócrates, morimos para no tener que ver a los estafadores, vuestros sucesores". La cita completa en 
Paisaje en la niebla (1988) de Angelopoulos es una Grecia que mira a Alemania, un viaje mitológico hacia el padre ausente pero siempre con la tragedia de fondo, la tragedia griega hoy: la niña violada en el camión que mira incrédula su mano y como la sangre corre por la ropa. La mirada de Ulises (1991) es el retorno al presente, a los orígenes, a una Europa devastada en la mirada de un imposible Harvey Keitel, un Sr. Lobo extraviado del redil tarantino y disfrazado ahora de ewok con saudade. 

En El paso suspendido de la cigüeña (1991) Marcelo Mastroianni (otro blockbuster inoportuno) preguntaba a su espectro “¿Cuántas fronteras más tendremos que cruzar para llegar a casa?”. La eterna pregunta del Comisario Jaritos es: ¿cuántas manifestaciones habrá que sortear para llegar a casa, a jefatura, al lugar del crimen, del interrogatorio?. Atenas es un caos circulatorio símbolo del caos del país.En expresión de Karamanlis: "Grecia es un inmenso manicomio". Pero, como en el Fedón de Platón, Márkaris apuesta por quedarse y mantener el puesto aparentemente perdido. 

¿Otros tiempos? Somos el mito que vivimos. En La eternidad y un día (1998) Angelopoulos  filma en imágenes muy bellas a Bruno Ganz dedicando sus últimos días de vida, de una vida egoísta y ensimismada en la poesía, al niño albanés perseguido por las mafias de la inmigración. Ahora este trabajo lo hace Amanecer dorado y sus mensajes xenófobos. La novela tiene como trasfondo la violencia de una ultraderecha que ocupa el hueco asistencial y de seguridad dejado vacante por el Estado. 

Aconsejaría leerla junto con el ensayo de Muñoz Molina Todo lo que era sólido. Tienen mucho en común. El núcleo de la intriga es la petición de responsabilidades de los hijos de hoy a los heroicos padres de la izquierda en los años 70. No tan heroicos después de todo. Quizás algún día les puedan perdonar su voracidad de Carpantas en la democracia, pero difícilmente la tabarra que han dado y siguen dando con una memoria ennoblecida. Frente a ellos destaca un personaje que va ganando en dignidad en el transcurso de las novelas, Lambros Zisis, el antiguo comunista torturado por la dictadura, orillado en la democracia, siempre dispuesto a echar una mano, diciendo lo que a Jaritos le gustaría decir, pero no sabe cómo. 

La familia Jaritos hace "olla común" para salir adelante bajo la experta dirección de Adrianí. ¿Saldrán adelante? Márkaris cifra su confianza en el "partido de los mártires", el de la mayoría de gente honrada que, entre tantos mangantes, hace su trabajo. Como él, aunque al final de cada episodio exitoso no pueda por menos de pensar: "No quiero ser un desagradecido, pero ¿cómo es que al final me siento siempre como un gilipollas?". Ya se le nota cansado, también las novelas están perdiendo frescura.

Pero siempre nos queda Goethe, uno de los que mejor ha sabido definir qué es un ciudadano de todos los tiempos.

"Lo que está en el sujeto
está en el objeto, y algo más;
lo que está en el objeto
está en el sujeto, y algo más".
(Goethe. Citado al comienzo de Suicidio perfecto.) 






viernes, 20 de septiembre de 2013

un libro indispensable



Hay libros recomendables, otros indispensables. Este es las dos cosas. Es recomendable por el análisis que hace de la situación actual, de sus causas, todo ello en un prosa espléndida y, a la vez, sobria. Escrito entre viajes, entre recuerdos, entre consultas de hemeroteca, entre el alivio de la ida y el dolor de la vuelta. Es, al haber sabido reunir investigación y creación, un ensayo en gran formato, género que no abunda en España. Si no estuviera tan desprestigiada la palabra, diría que "ejemplar".

 Lo que le hace indispensable, sin embargo, no es ese análisis que, aunque ponderado, algunos situarían en la tradición flagelante del 98, de la Guerra Civil inconclusa, de la Transición imperfecta; en el marco de una memoria proustiana en Úbeda, juventud insatisfecha en Granada y madurez anticipada de premios, estancias marxianas de ida y vuelta en Nueva York, y espectador plácido del naufragio hispano como escritor invitado en la idílica Ámsterdam. Beatus ille...Esa parte se dirige a una determinada generación que leerá con gusto y admiración el ejercicio de lucidez crítica compartida: "cómplice yo también de la larga irrealidad española". 

 Pero esto no es suficiente: España es el territorio europeo con mayor índice de "abuelos cebolleta" de la primera, segunda y tercera edad, ya se ocupen de la autoficción posmoderna o de la historia ficción. 

 Lo que le hace indispensable es el parágrafo 102 del mismo. "Hace falta una serena rebelión cívica que a la manera del movimiento americano por los derechos civiles utilice con inteligencia y astucia todos los recursos de las leyes y toda la fuerza de la movilización para rescatar los territorios de soberanía usurpados por la clase política". 

 El destinatario ya es otra generación, la de los hijos, la del futuro bloqueado. Las certeras palabras de Muñoz Molina sobre este tema son tan luminosas y llenas de generosidad como atinadas las propuestas. 

 Este libro es indispensable para aquellos que crean que es necesario recuperar para los ciudadanos esa soberanía usurpada ya que, en realidad, no ha habido una transición política a la democracia sino que todavía estamos de camino hacia ella. Todo lo que se desvanece se puede convertir en sólido. Depende de nosotros.

viernes, 13 de septiembre de 2013