sábado, 20 de agosto de 2011

el remake como obra maestra desconocida

Desde el Paraíso lo nuevo no es nunca adánico: al fin y al cabo Adán fue la primera copia, creado a imagen y semejanza de Dios. Es posible que todos los ingredientes existan ya, pero seguro que no han sido inventados aún todos los cócteles. Bien lo saben los filósofos, que siempre tienen tras de la oreja la mosca de un presocrático de la SGAE exigiendo derechos de autor. En las películas hay una ley de bronce no escrita, como es que no se puede repetir nunca un efecto especial (las tecnologías deben ser siempre jóvenes), pero que no tienen éxito si no se es capaz de enhebrar de distinta forma los afectos especiales de siempre. Estamos en plena época del remake: Abrams homenajea al pastelero Spielberg en Super8 y, aunque se esté más perdido que ET en este planeta, no es difícil encontrar la nave nodriza de todas las citas siguiendo la pista a la chica más guapa del Instituto, Elle Fanning. La espera se hará muy larga hasta poder examinar, con el ojo escrutador de Saurón, los resultados de la (pre)(se)cuela que Ridley Scott anuncia de Blade Runner. ¿Volverán sus malas vibraciones con Harrison Ford, el Nexus 7? ¿Se descubrirá a sí mismo en el enésimo cut del director como un Nexus 8? Estaremos atentos a la pantalla.

Ayer, revisitando en plan Retorno a Brideshead la película de Assayas Irma Vep, tuve la no tan extraña sensación de algo enormemente actual, pero de hace 15 años, lo que provoca también emociones encontradas. El planteamiento de Assayas es aparentemente sencillo: ¿se puede hacer una película actual (1996) con los presupuestos estéticos de los años 60, en su caso de Bresson y Debord? En términos culturales todavía más amplios: ¿se puede hacer una obra que consista en lo nuevo de lo nuevo?.La respuesta hoy es el remake.Es una herencia de los años 60. El cine de culto de los 90 está lleno de esas dudas existenciales que se concretan en una pregunta: ¿qué hacer? El fantasma de las nuevas tecnologías con la sobredosis de imágenes está al acecho. Hay un síndrome de pérdida de la imagen por la pérdida de la mirada. Me excuso de dar nombres por no entrar en la autocita (vieja forma de autoficción descargable) y por existir Google.





René Vidal, un Jean-Pierre Léaud más neurótico que nunca, pasadizo (Vicente Luis Mora) con la nouvelle vague, es un director de culto venido a menos que quiere hacer un remake de una obra del cine mudo, Les Vampires (1915) de Feuillade, una deliciosa serie con episodios más llenos de incongruencias que Lost. Las imágenes con el cambio de letras suponen un guiño irónico que, en su simpleza, ya avanza la posmodernidad. Pero no se queda ahí. Vidal quiere dar un toque moderno a la castiza heroína francesa y elige a Maggie Cheung, heroína china en las acrobáticas películas hongkonesas de ballets ultraviolentos, para encarnar su papel. Los diálogos más trascendentales tienen lugar en los esfuerzos que hace Vidal por explicar a una Maggie con jet lag el “conceto” (que diría Pepiño) de la película, que no entiende ni él mismo, y mucho menos los demás, ante el regocijo de sus enterradores, que esperan sea la última.





El traje de tela que marcaba las redondeces de la oronda protagonista de antaño es sustituido ahora por el látex de sex shop que perfila la estilizada figura de catwoman de Maggie Cheung. La sustitución no es fácil: estamos en el tiempo entre costuras que define lo nuevo de lo nuevo. Es indispensable la figura de la pizpireta Zoé que remienda/remedia los desajustes, provocando otros nuevos. Porque se trata, nuevamente, del cine dentro del cine, recreado en un rodaje caótico de bajo presupuesto, lleno de esprit, en el que la perplejidad educada de Maggie se debate entre el sentirse, con motivo, continuamente tirada, y ser la única que comprende a Vidal. No basta. Vidal/Frenhofer acaba desapareciendo, pero no sin antes mostrar lo que queda de su frustrada obra maestra desconocida: un sinsentido de imágenes. O quizá no.







¿Por qué ha fracasado Vidal? Assayas despliega la conocida oposición entre el cine de la mirada, intelectual, y el popular, de acción. Pero enfatizando que hay público para los dos. Bien lo sabe él, tras su éxito con Irma Vep y hacer de Maggie Cheung una Li-zhen, que no será señora Chow, pero sí señora Assayas, aunque no por mucho tiempo. El remake actual deja obsoleta la antítesis mencionada, integra alta y baja cultura, más allá de quimeras, y consigue, junto a notables bodrios, obras de verdadero mérito, con tal de que no caigan en el esencialismo blockbuster, tan del agrado de algunos blogueros. ¿Dónde está el secreto? No en ser simple, como dice Vidal/Frenhofer, sino en saber ser complejo, en la sabiduría de la complejidad.







Grave error, mancebo. Tras la exhaustiva monografía de Baecque sobre Godard sabemos que la "improvisación" y "sencillez" francesas, así como su espíritu de fragmento y rizoma, son la obra de arte total del marketing. Como bien saben los que esnifan a Deleuze: no entienden mucho, pero se ponen como una moto.

2 comentarios:

Martín Garrido dijo...

Me encantan los remakes, en muchas ocasiones porque dan opción de ver hasta qué punto puede destrozarse algo que ya está hecho y que, en teoría y siempre bajo un punto de vista artístico correcto, sólo debería tocarse para ser mejorado... Hace poco vi el remake de "La huida" y... mejor olvidarlo.

( ( ( O ) ) ) dijo...

jaja letal puñalada la última línea jajaj enorme