lunes, 20 de enero de 2014

la pequeña belleza



La gran belleza es la nostalgia de la armonia escondida en el ideal, la pequeña belleza es la sensibilidad para
 las contradicciones de la vida, incluida la primera. El considerado por algunos como el máximo filósofo de la actualidad, Philiph Kerr, asegura de Schiller en Unos por otros que "es el tipo que decía que la verdad sobrevive en medio de la decepción". Dadina, una inmensa Giovanna Vignola, es la verdad de la decepción de Jep Gambardella un, como suele maldecirse, Toni Servillo en estado de gracia: a ella que no le hablen de decepciones pues son su marca de nacimiento, ya la nacieron decepcionada. Una figura así rompe icónicamente la escala de lo sublime. Es el infinito de lo pequeño y más allá...

Este plano es una de las claves icónicas de la película. En un ligero contrapicado Dadina apenas se eleva sobre los restos del naufragio de una gran fiesta, artísticamente dispuestos. Es una imagen entre bella y sublime. No hay proporciones, pero tampoco es desmesurada, expresando una extraña armonía. Simplemente está. La riqueza de los contrastes, sin llegar a la contradicción aniquiladora de lo sublime romántico, impiden que la película se pierda en un bosque de símbolos, la auténtica catástrofe. No es un amanecer sangriento, el cielo bosteza y se va desperezando en claros mientras que el anuncio de Martini saluda dando los buenos días antes de irse a dormir, como ella. En su retina ha quedado la crónica de una sociedad que reflejará en la revista que dirige y da empleo a Jep Gambardella.





















El gran acierto de Sorrentino está en haber sabido combinar ambas bellezas, no mezclándolas, sino situándose entre ellas. El resultado es que no se trata solo de una película de imágenes de la belleza sino especialmente de un ejercicio de sensibilidad con bellas imágenes. El humor hace que no se incline peligrosamente hacia la nostalgia o la decepción, el buenismo o el cinismo, la crítica o el conformismo, la plena exposición al día o el permanente viaje a la noche. Es una película entre dos fiestas que expresan la alegría de vivir en los trenecitos de las danzas de la muerte. 

La película apunta en una dirección pero señala otra: se abre con los turistas en los monumentos diurnos de la gran belleza que no ven los protagonistas nocturnos de las fiestas, aquí no triunfa la piedra ni el mármol sino el neón. Contemplando la primera se desmayan los japoneses, disfrutando de las segundas se hacen los trenecitos. De la vanitas de una nace la alegría del resignado vivir de la otra: «Sono belli i trenini che facciamo alle feste, vero? Sono i più belli del mondo… perché non vanno da  nessuna parte». El Jep Gambardella que a los 26 iba a comerse Roma, más que a triunfar en sus fiestas, a tener el poder de descarrilarlas, ha descubierto que no hace falta, ya se encargan ellos solos, no van a ninguna parte. 




Es una belleza terminal, no de las piedras, no del Coliseo desdentado, sino de las personas. El Don Quijote de Via Veneto (más que dandy anglosajón con bajo estómago encosertado) se ha vuelto ahora metafísico, él siempre tan fiestero. Razones puede haber muchas, aunque la respuesta obvia y prosaica la facilita Jep al comienzo: acabo de cumplir 65 años, no le den más vueltas, la edad no perdona; Roma no es lo que era, hay que cuidarse, filosofa, es menester ya asistir a las fiestas con precauciones, bebiendo pero sin cocerse, para no faltar, reflexiona. Y sin trasnochar mucho, aunque la luz del día parece sentarle mal por desacostumbrada y le genera melancolía. Pero ha tomado una decisión: no hará lo que no quiera. El problema es saber ahora qué le apetece. Y se muestra indiferente, casi blasé, ante bellezas a las que no considera dignas de su amistad, aunque aptas para provocar el aullido ancestral de los paparazzi. Belleza sí pero, más que admirable, amiga. Empieza una nueva juventud. Más cercanía y menos cortesías. 



Todas estas consideraciones biológicas saben a poco pero son necesarias, aunque insuficientes. Al espectador viscontiniano y felliniano, alma bella en paro cinéfilo, pero activo conferenciante, se le echan de vez en cuando unas palomitas de trascendencia para que vaya rumiando mientras sube peligrosamente el colesterol estético de su sensible corazón. 













Seamos serios. Jep no es Marcello, no es el Marcello de La dolce vita obsesionado (como todo latino europeo de la posguerra) con las glándulas mamarias de Anita Ekberg, ahora indigente en una residencia de ancianos de Roma, una decadencia difícil de maquillar, pero no de visitar; no es el Marcello de La notte, mal actor en ambas, escritor trepa que obviamente no se merece (ni él ni casi nadie) a Jeanne Moureau; no es el Marcello teñido, grandísimo actor, de una de las más bellas películas que existen, Ojos negros; no es el Marcello en franca retirada, lleno de amargura, de Angelopoulos.  

Jep es todo el caleidoscopio de personajes que Sorrentino ha acertado a congregar en esa maravillosa terraza de su apartamento sobre el Coliseo que, en medio de tanta belleza, secretamente codiciamos con negra envidia: el cardenal tripero, más inclinado a facilitar recetas culinarias que auxilio espiritual, la monja catatónica de los milagros comedora de raíces, ella misma una raíz, la cornuda millonaria comunista de salón, los condes de alquiler, el mayorista en celo permanente, el viejo amigo aprendiz de escritor que no moja, el poeta silencioso pendiente de Dadina al fondo, el misterioso defraudador más buscado del país arriba...nadie que sea alguien en Roma ha dejado de pasar por ella. Esa terraza es él. Los demás se van yendo de la ciudad, pero ¿Irse él?





No son los años que le sobran sino las ganas que le faltan lo que empieza a inquietarle a Jep. Ha sido, es, un volteriano curioso y sensible, tanto que empieza a dolerle la pérdida de la curiosidad. Comienza a vislumbrar el monstruo que se esconde en la gran belleza: el aburrimiento. Se apodera de su rostro al mientras contempla una perfomance disparatada en el marco de los viejos monumentos, mientras asiste a un fraude más del arte contemporáneo (parodia que el espectador medio, el de medio pelo, agradece siempre) con maltrato infantil incluido. A una amiga que acaba de despellejar le pregunta al desgaire si no se han acostado antes, por si merece la pena remediarlo, para pasar el rato nomás.




Obligado a estar a la última, Jep, es, ha sido siempre, sin embargo, ya desde pequeño, amante de esa gran belleza que solo se da en las cosas, casas, más que antiguas, viejas, los monumentos no antes sino desde la ruina: "A questa domanda, da ragazzi, i miei amici davano sempre la stessa risposta: "La fessa". Io, invece, rispondevo: "L'odore delle case dei vecchi". Este elemento proustiano, decisivo, del olor, es una sensorialidad háptica que enmascara, aniquila, lo visual. El cine se queda corto, no llega, todavía. Por eso, (luego volvemos) a pesar de algunas imágenes visuales no conseguimos tampoco sentirlo joven. Mira, pero está desvitalizado. Esta parte de la película, viaje de la memoria, casa difícilmente con el resto: es un fake compensatorio. Porque no es una película de tiempos sino de espacios. Jep Gambardella nunca fue niño ni joven, sino que el personaje nace con la película y siempre estuvo, fue, así. No hay orígenes, solo vacío.





















Hay un cortacircuito de la memoria que le permitió a Jep desde muy pronto seguir viviendo. Vivir es no recordar, como la bella indiferencia de las piedras que miran, se es memoria cuando la vida empieza a acabarse. Jep decidió vivir: "Mi chiedono perché non ho più scritto un libro. Ma guarda qua attorno. Queste facce. Questa città, questa gente. Questa è la mia vita: il nulla. Flaubert voleva scrivere un romanzo sul nulla e non ci è riuscito: dovrei riuscirci io?". Elisa no le dejó por eso, cualquier novelista desaprensivo te asesta una novela sobre el nihilismo llena de pornografía emocional. Le dejó porque, con toda la ternura, la seducción de que era capaz, Jep comenzaba a modelar, acariciando de manera inexpresiva, un vacio al que llaman vida. Ahí no podía acompañarle. Porque no existen los espacios vacíos, solo el vacío hecho espacio. Y eso cuesta toda una vida. Y hay que hacerlo solo. Jep Gambardella, un amante confeso de la gran belleza, es incapaz de amar a nadie.


















Ese vacío no está hecho de fracasos sino de haber vivido bien, pero solo, es decir, rodeado de mucha gente, "amigos". La nada decepciona, el vacío no. La película no es un viaje a la nada, es un viaje a la noche, a los palacios cerrados de las princesas ancianas que guardan maravillas no permitidas a todos los ojos: obras de arte que dormitan en la oscuridad, fetos que interrumpen un linaje conservados en grandes frascos. Las puertas se abren, reciben las buenas noches las estatauas, y se vuelven a cerrar. Por el contrario, la pura transparencia, la memoria fotográfica de los días es el cementerio de la identidad, el afán de documentar la nada en la piel cada vez más endurecida, más frágil, del rostro.


















Porque Jep, como el poeta romántico, se volvió a la noche, a Sofía/Elisa, la gran belleza, emprendió el viaje al fin de la noche de la mano de Céline en la película: comprendió al fin y se reconcilió con todo.



















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