viernes, 25 de noviembre de 2016

el ilustre ciudadano posmoderno


Si algo distingue a un escritor posmoderno es su capacidad para gestionar la contradicción. Presenta una obra como innovadora bajo el paraguas de teorías viejas; le molesta sobremanera la acusación de falta de sensibilidad ética e imparte incansable conferencias sobre su visión del mundo; no cree en la realidad pero se la apropia; su ser consiste en una adictiva necesidad de estar; se le ve en todos los sitios pero afirma habitar un no lugar; en la crisis de la representación su existencia se divide entre presentar y ser presentado; se siente incomprendido porque se ha escrito mucho sobre el heroísmo de la vida moderna pero no se sabe apreciar el otro heroísmo, el de la condición posmoderna; por todo ello es una figura melancólica que persigue siempre el favor del público y cuando lo consigue juega con la ficción de sentirse íntimamente traicionado. Mira fijamente al espectador y con ironía cómplice parece decirle:

                                "Tú conoces, lector, este monstruo delicado,
—Hipócrita lector, —mi semejante, — ¡mi hermano"




El "monstruo delicado" de Baudelaire se aburre de estar aburrido y ensaya otra ficción: el reconocimiento de que es un monstruo pero delicado. Porque, se pregunta  retóricamente Daniel Mantovani, el premio Nobel argentino, aunque fuera ese monstruo ¿me invalidaría como artista?



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