domingo, 5 de agosto de 2018

1. Twin Peaks en Las Médulas



Momento tardío de reposo después de una mañana intensa con visita guiada al circuito de las Médulas, subida al mirador de Orellán, descenso ajetreado al lago de Carucedo. Estoy acabando de comer en la agradable terraza del complejo Agoga con un entorno idílico: jardincito rústico recogido en pequeñas cercas de madera, flores y plantas que se entretejen con ellas, sonido monótono y saltarín de dos pequeñas fuentes, una con pececillos rojos nadando en círculo, césped bien cuidado, un airecillo que acaricia alejando el bochorno del mediodía, cantos de pájaros, sonido envolvente, familiar, tranquilizador, de animadas conversaciones en una sobremesa que prolongan, algunos se demoran y amodorran con los chupitos de avellanas. Levantando la vista, al fondo, arriba, sobre los árboles una de las médulas, junto a ella otro símbolo de la placidez de los días al aire libre, la estela de un avión a reacción, bien definida como una flecha hacia su blanco y tan natural como las pequeñas nubecillas que se deshilachan en el cielo a su alrededor. 


Y de pronto, antes no había prestado atención a ese ruido, emerge del hilo musical el tema de Twin Peaks. Los bajos sostenidos arrojan un velo de irrealidad sobre la naturaleza luminosa. Es como si el filtro sonoro matizara la imagen visual. Y todo lo visto, oído, leído, sentido hace unas horas vuelve a desfilar como en una película de imágenes complejas. Es el momento de los sentimientos ambiguos.


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