lunes, 13 de agosto de 2018

4. La explotación compleja de lo sublime tecnológico en Las Médulas


“Ese panorama cero parecía contener ruinas al revés, es decir, toda la construcción nueva que finalmente se construiría. Esto es lo contrario de la «ruina romántica», porque los edificios no caen en ruinas después de haber sido construidos sino que crecen hasta la ruina conforme son erigidos. Esta mise-en-scene antirromántica sugiere la idea desacreditada del tiempo y muchas otras cosas «pasadas de moda». […]
Passaic parece estar lleno de «agujeros» en comparación con la ciudad de Nueva York, que parece compacta y sólida, y esos agujeros son, en cierto sentido, los vacíos monumentales que definen, sin pretenderlo, los vestigios de la memoria de un juego de futuros abandonado.[…]
Si el futuro está «pasado de moda» y «anticuado», entonces yo había estado en el futuro” (Smithson)



Esta fotografía se encuentra en la página oficial de la Unesco. La precede la siguiente descripción: “En el siglo I d.C., el poder imperial romano empezó a explotar el yacimiento aurífero de este sitio del noroeste de España recurriendo a una técnica basada en la fuerza hidráulica. Al cabo de dos siglos, la explotación se abandonó y el paisaje quedó devastado. Debido a la ausencia de actividades industriales posteriores, las espectaculares huellas del uso de la antigua tecnología romana son visibles por doquier, tanto en las pendientes montañosas desnudas como en las zonas de vertido de escorias, que hoy están cultivadas”. 

Entre los 10 criterios que maneja la Unesco, naturales y culturales, para declarar un bien Patrimonio de la Humanidad son los 4 primeros, culturales, los que han sido utilizados para tomar la decisión. En todos ellos la candidatura que se presenta tiene que ser “excepcional”, un ejemplo sobresaliente que no tiene por qué ser ejemplar. A menos que se rescate esta palabra con toda la riqueza de la ambigüedad que le corresponde.

 Así el criterio primero: “representa una obra maestra del genio creativo humano”. Pero, quizá, el que mejor se le adecua es el criterio 5 no aducido: “ser un ejemplo excepcional de una tradición de asentamiento humano, utilización del mar o de la tierra, que sea representativa de una cultura (o culturas), o de la interacción humana con el medio ambiente, especialmente cuando éste se vuelva vulnerable frente al impacto de cambios irreversibles”. Es la descripción de lo sublime tecnológico que va más allá de la consideración tradicional de lo sublime natural. Es lo sublime tecnorromántico.

Lo ejemplar se refiere aquí a lo excepcional y esto a lo espectacular, a su carácter de espectáculo organizado, lo que implica una conservación y gestión. Si Plinio hablaba de la maldita hambre del oro, de cómo el descubrir el oro fue la pérdida de la humanidad, en términos éticos, si el Angelus Novus de Paul Klee lamenta las ruinas del progreso en interpretación de Benjamin, no sucede lo mismo con Smithson quien ve lo inevitable de la explotación minera a la vez que el inconveniente de los residuos siendo aconsejable la intervención artística para crear un paisaje cultural estético. 

Lo natural y lo artificial se funden, confunden, creando ese paisaje cultural en el que un futuro abandonado es un pasado recuperado. Los criterios de la Unesco no aluden a políticas situacionistas simples, tampoco a políticas dialécticas edificantes sino a políticas ciudadanas complejas entre las que se incluyen la conservación y gestión del bien cultural.


Esa recuperación significa la posibilidad de la construcción de un futuro en una complejidad que reúne como en un puzle todos los elementos anteriores. Lejos del determinismo tecnológico, como del antropocentrismo, el humanismo tecnológico cree que el futuro humano está en las manos humanas, que todo depende de nosotros, frente a la irresponsabilidad edificante de las concepciones anteriores. En términos de Smithson los restos de los antiguos castaños introducidos por los romanos como alimentación energética de los trabajadores astures parecen decir: “si el futuro está «pasado de moda» y «anticuado», entonces yo había estado en el futuro”. 


Pero también hay otros futuros, algunos son “ruinas al revés” que echan brotes, futuros no previstos, construyen el monumento desde la ruina y ya no son entrópicos posmodernos sino modernos ciudadanos para vivir en, con y de ellos. Y en ese sentido Las Médulas no son solo el espectáculo de un pasado abandonado sino de un futuro recuperado en el abandono de ese pasado. Merece la pena estar ahí.

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