miércoles, 10 de diciembre de 2008

El gusto de las cosas



"Pero cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo, después de la destrucción de los seres, después de la destrucción de las cosas, solos, más frágiles pero más vivaces, más inmateriales, más persistentes, más fieles, el olor y el sabor siguen todavía durante mucho tiempo, como almas, recordando, aguardando, esperando, sobre la ruina de todo lo demás, llevando sin flaqueza, sobre su gotita casi impalpable, el edificio inmenso del recuerdo".
Estamos ya acostumbrados a una literatura de imágenes visuales y auditivas característica de este comienzo de siglo. Experimentamos incluso una sobredosis de ellas en algunas películas llenas de efectos especiales. La saturación nos impide sentir que falta algo que, sin embargo, nos es debido.

A veces la lectura de textos de comienzos del otro siglo nos sumerge brutalmente en la presencia de esa carencia. Algo así como cuando saliendo del tubo de escape de la gran ciudad vamos a dar de modo imprevisto en un bosque ligeramente húmedo, y el olor penetrante del tomillo, del brezo, de la corteza de los pinos y de mil no sé qué cosas, golpea el cuerpo y marea el cerebro hasta el punto de tener que apoyarnos para no caer.

La lectura del primer tomo de la gran obra de Proust, lejos de ser un viaje soporífero alrededor de su cama, como cabía esperar, tiene la virtud de producir un efecto similar, un estremecimiento continuo de inesperadas presencias. Es una orgía de imágenes olfativas y de sabores que tiran de las imágenes visuales.

Pocas veces estamos ante una mirada táctil de parecida intensidad, habituados a la mirada intelectual. Canes amaestrados en la caverna platónica estamos preparados para ver las cosas, pero no para sentirlas, ya que parece poco fiable. Y, sin embargo, nos volvemos como locos ante el aroma de las cosas, cual perrillos sacados de paseo y que hubieran olvidado en casa su cuerpo. Sólo somos plenamente humanos cuando estamos a la altura de nuestras sensaciones. Petrarca afirmaba que saber viene de sapere, y que sabio es aquél al que se le abre y tiene el sabor, el gusto de las cosas.

jueves, 4 de diciembre de 2008

(Me) veo, luego existo

(Nam June Paik. TV Rodin. Le penseur. 1976-8).

(Nam June Paik. TV Buddha. 1974)


lunes, 1 de diciembre de 2008

Situación actual y futuro de la Universidad

Situación actual:

- Los que trabajan.
- Los que evalúan a los que trabajan.

El futuro:

Ser es evaluar o ser evaluado. Fundamentación metafísica en Berkeley: esse est percipi.

Incapaz de promover la excelencia en la docencia y la investigación, de hacer planes de estudio no sólo para sino contando con los alumnos, la Universidad dirige ahora todos sus esfuerzos a la creación de una burocracia asfixiante que legitime el aumento y la perpetuación de los administradores de su propia miseria. Falta de sustancia, la Universidad se devora a sí misma.

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Ontología del teléfono móvil


Quien compre este libro habrá adquirido dos. El primero es una fenomenología apasionada y apasionante del teléfono móvil. El segundo una ontología escolástica de los objetos en la que el móvil queda apagado.
La primera mitad está muy bien escrita, con observaciones agudas, análisis brillantes y reflexiones de calado. A su buena lectura contribuye sin duda la excelente traducción. Es una forma distinta de hacer filosofía que merece la pena tener en cuenta en estos tiempos de necesaria renovación de temáticas y estilos. El móvil aparece aquí como una forma singular de estar-en-el-mundo indicada ya en el mismo título del libro. Es para el autor "el instrumento total", un "Absoluto", en el que confluye todo: cámara, ordenador, internet...
Vale para esta vida y también, como los féretros tuneados de Ghana, como recipiente del descando más o menos eterno.




En la segunda mitad las cosas cambian. Para Ferraris el móvil no es, como podía esperarse, un instrumento de comunicación, sino de escritura y de registro. Su tesis es que el móvil no es una máquina para hablar sino para escribir, registrar, construir objetos sociales. Esto le lleva a analizar teorías de la verdad y de los objetos (físicos, ideales y sociales), revisando las posturas realistas y textualistas, más o menos fuertes o débiles, acabando por exponer su apuesta del textualismo débil. Y aquí el libro se convierte, a mi juicio, en otro libro, proveniente de otra forma de hacer filosofía.

Sólo dos observaciones: mantener como esquema de trabajo la dicotomía sujeto-objeto en el pensamiento de las nuevas tecnologías significa recaer en un "idealismo digital" anacrónico, después de los esfuerzos (ciertamente inútiles) realizados a comienzos del siglo pasado para superar el idealismo; ese anacronismo se intensifica al convertir primero al móvil en una especie de obra de arte total, pero para reducirla luego a la escritura, lo que significa limitar drásticamente sus usos, especialmente en el ámbito de las imágenes. Quizá por eso concluye: "Así pues, el primer límite de esta obra sería que no he captado el espíritu del tiempo, no he atrapado a ese fantasma burlón. Tan solo he descrito algo que existía desde siempre y que en la actualidad se ha vuelto más poderoso, como todo, por lo demás, gracias al móvil". Son las ventajas e inconvenientes de las ontologías.

viernes, 21 de noviembre de 2008

El manuscrito de piedra

Aunque se centre en un período histórico concreto –finales del XV en Salamanca- no es una novela histórica. Se rompe con la tradición del pasado conocido para crear una nueva desde el presente y lo desconocido. Según ella, el verdadero Cielo de Salamanca estaba (¿está?) en el Infierno. Lo que se agita en la superficie adquiere su verdadero sentido desde la óptica turbia de la Cueva. Allí desciende Fernando de Rojas en su obligada búsqueda de la verdad, y no sale indemne.

Una novela de formación, digna heredera del romanticismo negro. Por ella desfilan obispos trepadores, dominicos sodomitas, catedráticos de medio pelo, enseñanzas anquilosadas, un Estudio con más fama que valía. Pero también pululan personajes del buen pueblo llano, comerciantes llenos de sentido común, frailes tolerantes, algún académico que regresa del futuro, y siempre, siempre, nos encontramos con las miradas doloridas de las víctimas. No es fácil discernir si provocan más espanto las torpes maniobras de la mediocridad encumbrada o las cerrilles presiones de la omnipresente Inquisición.

Se citan libros, pero no para moralizar, sino para mostrar la vida que todavía hay en ellos. Es precisamente esa pasión de mostrar, la que define a la novela misma como un manuscrito de piedra lleno de imágenes. Cuando lo lee Fernando de Rojas llega al término de su formación, ya conoce la otra página de la historia. Pero le quedan unos metros para escribir su propia historia, entre ellos esos misteriosos años que van de 1498 a 1508. Nos lo debe, después de haberle acompañado un trecho, y así lo esperamos de Luis García Jambrina.