martes, 5 de febrero de 2019

serotonina 3

"Hago mis cuentas, para distraerme.

   Mil doscientos francos por mes no son gran cosa. Sin embargo, reduciéndome un poco, deberían bastar. Una habitación de trescientos francos, quince francos por día para la comida; quedarán cuatrocientos cincuenta francos para la lavandera, los gastos menudos y el cine. No necesitaré ropa interior, ni trajes por mucho tiempo. Los dos que tengo están limpios aunque un poco brillantes en los codos; me durarán tres o cuatro años más si los cuido.

   ¡Dios mío! ¿Yo voy a llevar esta vida de hongo? ¿Qué haré de mis días? Pasearé. Iré a las Tullerías a sentarme en una silla de hierro, o más bien en un banco, por economía. Iré a leer a las bibliotecas. ¿Y después? Una vez por semana, cine. ¿Y después? ¿Un Voltigeur, los domingos? ¿Iré a jugar al croquet con los jubilados del Luxemburgo? ¡A los treinta años! Me doy lástima. Hay momentos en que me pregunto si no me valdría más gastar en un año los trescientos mil francos que me quedan, y después… ¿Pero qué conseguiría con eso? ¿Trajes nuevos? ¿Mujeres? ¿Viajes? Lo he tenido todo y ahora se acabó, ya no me tienta; ¡para lo que queda! Dentro de un año me encontraría tan vacío como hoy, sin un recuerdo siquiera y cobarde frente a la muerte" (Sartre, La Náusea).


A pesar de la publicidad que le considera su heredero, de su desprecio por él, lo cierto es que hay analogía entre procesos de escritura en Sartre y Houellbecq. Me ha llamado la atención el paralelismo entre el final de las dos novelas, La Náusea y Serotonina. Igualmente el recurso estilístico que aúna la más extrema introspección con la obsesiva y exquisita descripción de los mínimos detalles del mundo que le rodea al protagonista. Y no menos interesante es esa ausencia de futuro que comparte con las llamadas filosofía de la existencia y sus estados límite, con la otra extranjería: "no es el futuro, es el pasado que os mata, que vuelve", como una termita que devora el presente. Al final, Houellebecq se homologa a un Cristo sufriente cuya mayor tortura es tener aguantar y sacrificarse por unos contemporáneos obtusos que no se lo merecen. Si antes lo radical era la decisión, ahora, en las dos novelas estos seres intermedios asumen su condición humana, la in-decisión, la extranjería de sí mismos.


Al comienzo de esta nota de lectura enlazaba su ensayo sobre Schopenhauer con la novela: la teoría del primero se vuelca en la escritura de la segunda, fundiéndose. Una obra de creación vertida en una prosa excelente, cara jánica de su magnífica poesía. Parece haber resuelto la antinomia que le planteaba Simone de Beauvoir a Sarte en La ceremonia del adiós:


"Brevemente, si alguien le dijera: "Usted es un gran escritor, pero como filósofo, no me convence", lo preferiría a otro que le dijera: "Su filosofía es formidable, pero como escritor es usted un rollo". J.P.S. "Prefiero la primera hipótesis".


Me inclino a darle la razón a Houellebecq cuando afirma:

"En el siglo XXI las ideas más interesantes son de escritores y no de intelectuales". 


Especialmente en España.

2 comentarios:

Alejandro Lozano dijo...

"A Heidegger se lo han comido todos a cucharadas durante decenios con hambre voraz, más que a cualquier otro, así sus estómagos alemanes de germanistas y filósofos. Heidegger tenía un rostro ordinario, no un rostro inteligente, dijo Reger, era totalmente un hombre poco inteligente, carente de toda fantasía, carente de toda sensibilidad, un rumiante filósofo superalemán, una vaca filosófica constantemente preñada, dijo Reger, que pastaba en la filosofía alemana y sus coquetas boñigas".

No se me olvidará la buena tarde que pasé imaginando todo lo vívidamente que podía a Heidegger rumiando en la Selva Negra.

Sesión de risas muy parecida con esta última de Houellebecq, como por ejemplo cuando se refiere a la puesta a punto, en modo fácil, de sesiones de exposiciones sobre la cultura japonesa: "Me explicó que la habían contratado para «renovar y modernizar» el programa de las actividades culturales. No era precisamente un regalo: el folleto que recogí la primera vez que fui a visitarla a su lugar de trabajo desprendía un tedio mortal: talleres de origami, de ikebana y de tenkoku, espectáculos de kamishibai y de tambores jõmon, conferencias sobre el juego del go y la vía del té (escuela Urasenke, escuela Omotosenke), los escasos invitados japoneses eran tesoros nacionales vivos pero por los pelos, la mayoría tenía como mínimo noventa años, habría sido más apropiado denominarlos tesoros nacionales moribundos. Resumiendo, lo único que Yuzu hacía para cumplir su contrato era organizar una o dos exposiciones de mangas, uno o dos festivales sobre las nuevas tendencias del porno japonés; it was quite an easy job."

Un abrazo José Luis, se te extraña por aquí

josé luis molinuevo dijo...

Otro abrazo Alejandro, yo también te extrañaba.