domingo, 1 de marzo de 2026

La inteligencia artificial y el fin del arte (3)

 


Acorde a este esencialismo de fondo, la autora precisa que solo le interesa y va a utilizar para este ensayo la estética referida al arte. Es decir, una “estética filosófica” aplicada al arte. Y, más en concreto, para dilucidar, de acuerdo con ella, si lo generado por la inteligencia artificial es o no arte. Repárese en el problema que se plantea de entrada con esa reducción de la estética general: la aplicación a la obra de arte de un marco conceptual de categorías estéticas, no de criterios artísticos, para dilucidar si es o no arte. Y lo segundo, las consecuencias de la aplicación de ese criterio estético filosófico. En concreto, si no se está haciendo acreedora la autora al mismo reproche que hace a Hegel: “le encasqueta al arte un marco conceptual extrínseco”.

El problema que plantea ese enfoque, aparentemente inocuo, de la obra de arte como plasmación de una idea, contenidos superiores etc., es el de la estética clásica tradicional de raíz kantiana que ve a la estética como mediadora de otras esferas, en especial de la ética y la metafísica, sensibilizándolas. Si esto es problemático por el peligro de un esteticismo en el que lo mediador se convierte en mediático, lo es todavía más cuando se restringe al ámbito del arte, lo que no era el caso de Kant.  Esto se traduce en, más que un “marco”, una nube de conceptos emocionales: “Sentirse feliz no es lo único que importa en la vida. También nos importa qué sucede realmente”.  Es decir, si estamos ante verdaderas obras de arte o no. Parece como si se repitiera la versión de “estética ascética” que se reprochaba a Adorno. Porque, ¿no puede el artista hacer lo que le apetece sin la carga de trascendencia de plasmar un “contenido superior”? ¿No puede haber una experiencia estética de lo que se presenta como arte sin entrar a definir, juzgar, valorar si es o no una obra de arte, sin saber quién es el autor y cuáles son sus pretensiones? Es lo que sucede habitualmente. Y, si más tarde se sabe, se conocen los pormenores técnicos de la obra etc., entonces nos encontramos con una experiencia estética ilustrada, puede cambiar su percepción, pero no cambia la obra. Junto a la demanda de la autoría está latiendo en el fondo del ensayo la nostalgia de la trascendencia, la vieja motivación del esencialismo: cargar al arte con las hipotecas del pensamiento.

 Para la estética la cuestión no es el definir qué es una obra de arte y si algo lo es o no. La competencia estética consiste en determinar si la representación de ese algo despierta o no sentimientos, cuáles son, que conocimiento originan, cómo son utilizados, lo que tampoco debe confundirse con el like de la inmediatez, gusta o no gusta. A la teoría e historia del arte, al mundo del arte, compete argumentar si es o no una obra de arte. No porque tenga o no las propiedades “estéticas” de las que habla la autora. Si aceptamos, si como admite ella, que la estética no es lo mismo que el arte hay que ser consecuentes, de lo contrario podemos encontrarnos con el rechazo de los artistas, como así ocurrió.

Sin embargo, parece detectarse que, además de una nostalgia del esencialismo hay un miedo, un miedo a la “derrota del arte”….