Portada de culebrón con toque de Nouvelle vague. Lo
que sorprende de Islandia es que recuerda a casi todo y no se deja calificar
por nada. Parece una obra de autoficción, cerebral, carne de disección académica
y, sin embargo, es profundamente romántica…a su manera. En la desesperación por
la pérdida recuerda a los lamentos, exabruptos, de Cumbres borrascosas.
Pero el fondo no son los fríos y desolados páramos de Yorkshire sino los
tórridos y desérticos accidentes de Los Monegros, con el riesgo del desvarío. Y,
muy al fondo también, los sumamente variados e irrepetibles paisajes de lo que
da el título, pero se habla muy poco, Islandia. Aunque allí estará la clave de
todo: la metamorfosis de la vida.
El ritornelo incesante de una frase, “ya no estoy enamorada
de ti” trae a la memoria Trastorno, de Thomas Bernhard, la lucidez al
límite de la locura. Porque todo ese “tiovivo emocional” en la escritura tiene
como objetivo un saber más a través de un sentir más: “Es solo la extrañeza
quien mueve mis dedos sobre el teclado”. Es el desdoblamiento de un “sexagenario
filósofo” que emprende “esta larga ceremonia del adiós”. Ceremonia de la culpa
incesante y, a la vez inocente, que se pretende rescatar al olvido. Sin
tragedias. Los trascendentales diálogos sobre la pérdida tienen lugar en el prosaico
escenario de una cocina, en la exhibición desternillante de una perplejidad sobre
cómo reciclar en los cuatro cubos la “basura sostenible”. Bernhard, para desesperación de sus
detractores, afirmaba que se tronchaba de risa escribiendo esas novelas tan
deprimentes, invitación al suicidio. Vilas aquí: “Yo no me suicidaré nunca
porque adoro la vida, aunque se convierta en un infierno”.
Otro referente cultural, El libro de la
risa y el olvido, de Kundera: la lucha contra el olvido como ejercicio de
memoria agradecida por la belleza terminal que es la propia vida. Sostiene
Vilas: “La memoria es la reina de la belleza de nuestras vidas”. Aderezada por esa risa cervantina que hay en
ambos, y que en Vilas se reviste de una “incendiada vulgaridad”, que le hace
repetir y repetirse, no solo aquí, pero especialmente en esta “maldita novela”:
“Vivo con mentalidad de pobre”. No pierde ocasión de hablar de su genético
complejo de Carpanta, con la comida y el dinero, esos “diez mil euros” que le
salen de las asaduras para pagarse e invitar al viaje a Islandia. En la
contrafigura la compostura patricia de un Rafaél Argullol al que admiró a
distancia en un desayuno.
La escritura torrencial se asemeja a la vibración incesante
de un colibrí que se alimenta de una sola frase. Esa metáfora de pájaro se
adecua a una imagen: ir sorbiendo poco a poco el tiempo de la vida. Se habla de
culpabilidad tan a menudo que pareciera un pecado original, sin embargo, el
humor que aflora como un géiser en las páginas indica la alegría de la vida
como naufragio. Y después de Islandia (“la belleza”) la novela gira hacia la
vida del tiempo, hacia diferentes fechas del futuro; del tiempo que ha sido al tiempo
que es el “sexagenario filósofo”, a la vida fechada, en la que el
desdoblamiento ha dado origen a un “parecido”.
En Islandia tiene lugar la metamorfosis de la vida como
belleza, del amor como amistad, cortesía de lo "nórdico". En Islandia encuentra a Dios, es Dios. Pero Vilas apenas habla de Islandia, que no es
bella, es sublime, sin sublimación, indiferente a la presencia humana, en despliegue
de perpetuos contrastes en su recorrido circular, con el rojo de los volcanes en
la lejanía, que impacta al salir del aeropuerto, el penacho de humo que remata
el cono de las montañas, junto a las playas de arena negra, precipicios verdinegros,
los melancólicos paisajes de líquenes que se pierden en la niebla, incesantes
arroyuelos del deshielo, los prados verde claro desleído con caballos y ovejas,
gigantes balas de heno recogido, el mar de hielos flotantes, azules, ajenos a
los turistas de los baños termales, las cascadas y los géiseres a hora fija. Por
las mismas fechas del viaje de Vilas estaba yo admirando un gigantesco crucero
con origen Hamburgo fondeado en el puerto de Akureyri. Quizá era el suyo. Había
una larga fila pasajeros volviendo apresurados, quizá uno de ellos era ese “cadáver
ambulante que vende libros”. A ambos nos queda la “nostalgia de Islandia”.



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