jueves, 5 de marzo de 2026

Manuel Vilas: Islandia

 


Portada de culebrón con toque de Nouvelle vague. Lo que sorprende de Islandia es que recuerda a casi todo y no se deja calificar por nada. Parece una obra de autoficción, cerebral, carne de disección académica y, sin embargo, es profundamente romántica…a su manera. En la desesperación por la pérdida recuerda a los lamentos, exabruptos, de Cumbres borrascosas. Pero el fondo no son los fríos y desolados páramos de Yorkshire sino los tórridos y desérticos accidentes de Los Monegros, con el riesgo del desvarío. Y, muy al fondo también, los sumamente variados e irrepetibles paisajes de lo que da el título, pero se habla muy poco, Islandia. Aunque allí estará la clave de todo: la metamorfosis de la vida.


El ritornelo incesante de una frase, “ya no estoy enamorada de ti” trae a la memoria Trastorno, de Thomas Bernhard, la lucidez al límite de la locura. Porque todo ese “tiovivo emocional” en la escritura tiene como objetivo un saber más a través de un sentir más: “Es solo la extrañeza quien mueve mis dedos sobre el teclado”.  Es el desdoblamiento de un “sexagenario filósofo” que emprende “esta larga ceremonia del adiós”. Ceremonia de la culpa incesante y, a la vez inocente, que se pretende rescatar al olvido. Sin tragedias. Los trascendentales diálogos sobre la pérdida tienen lugar en el prosaico escenario de una cocina, en la exhibición desternillante de una perplejidad sobre cómo reciclar en los cuatro cubos la “basura sostenible”.  Bernhard, para desesperación de sus detractores, afirmaba que se tronchaba de risa escribiendo esas novelas tan deprimentes, invitación al suicidio. Vilas aquí: “Yo no me suicidaré nunca porque adoro la vida, aunque se convierta en un infierno”.

  Otro referente cultural, El libro de la risa y el olvido, de Kundera: la lucha contra el olvido como ejercicio de memoria agradecida por la belleza terminal que es la propia vida. Sostiene Vilas: “La memoria es la reina de la belleza de nuestras vidas”.  Aderezada por esa risa cervantina que hay en ambos, y que en Vilas se reviste de una “incendiada vulgaridad”, que le hace repetir y repetirse, no solo aquí, pero especialmente en esta “maldita novela”: “Vivo con mentalidad de pobre”. No pierde ocasión de hablar de su genético complejo de Carpanta, con la comida y el dinero, esos “diez mil euros” que le salen de las asaduras para pagarse e invitar al viaje a Islandia. En la contrafigura la compostura patricia de un Rafaél Argullol al que admiró a distancia en un desayuno.

La escritura torrencial se asemeja a la vibración incesante de un colibrí que se alimenta de una sola frase. Esa metáfora de pájaro se adecua a una imagen: ir sorbiendo poco a poco el tiempo de la vida. Se habla de culpabilidad tan a menudo que pareciera un pecado original, sin embargo, el humor que aflora como un géiser en las páginas indica la alegría de la vida como naufragio. Y después de Islandia (“la belleza”) la novela gira hacia la vida del tiempo, hacia diferentes fechas del futuro; del tiempo que ha sido al tiempo que es el “sexagenario filósofo”, a la vida fechada, en la que el desdoblamiento ha dado origen a un “parecido”.

En Islandia tiene lugar la metamorfosis de la vida como belleza, del amor como amistad, cortesía de lo "nórdico". En Islandia encuentra a Dios, es Dios.  Pero Vilas apenas habla de Islandia, que no es bella, es sublime, sin sublimación, indiferente a la presencia humana, en despliegue de perpetuos contrastes en su recorrido circular, con el rojo de los volcanes en la lejanía, que impacta al salir del aeropuerto, el penacho de humo que remata el cono de las montañas, junto a las playas de arena negra, precipicios verdinegros, los melancólicos paisajes de líquenes que se pierden en la niebla, incesantes arroyuelos del deshielo, los prados verde claro desleído con caballos y ovejas, gigantes balas de heno recogido, el mar de hielos flotantes, azules, ajenos a los turistas de los baños termales, las cascadas y los géiseres a hora fija. Por las mismas fechas del viaje de Vilas estaba yo admirando un gigantesco crucero con origen Hamburgo fondeado en el puerto de Akureyri. Quizá era el suyo. Había una larga fila pasajeros volviendo apresurados, quizá uno de ellos era ese “cadáver ambulante que vende libros”. A ambos nos queda la “nostalgia de Islandia”.


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