La expresión “fin del arte”, más allá de la referencia a Hegel y Danto, ha aparecido desde la segunda mitad del siglo XX ligada también al surgimiento y auge de una nueva tecnología, lo digital. Directores como Herzog llegaron a afirmar que las imágenes digitales no eran verdaderas imágenes y supondrían la muerte del cine. Sin profundizar en el devenir de otros directores con afirmaciones semejantes, lo cierto es que el propio Herzog ha logrado sus mejores obras de arte documental utilizando ese tipo de imágenes. Más en general, es recurrente en la historia de la cultura cómo el surgimiento de un medio se ha interpretado como la muerte de otro. Más tarde se ha revelado que, en realidad, estábamos ante el inicio de otra forma de hacer y percibir. Las memorables páginas de Susan Sontag sobre el fin, la muerte, del cine están en la mente de todos. Y me acabo de referir a la imagen en general porque otro de los problemas del libro es la mezcla del tema del arte con el de la imagen, especialmente las digitales. No es lo mismo. Las imágenes de síntesis son autorreferenciales. Es decir, no buscan un simbolismo o significado fuera de ellas. Cuando creo una imagen con un prompt no busco una obra de arte sino una imagen que selecciono de entre varias según mis preferencias estéticas no por el valor de la imagen en sí misma.
Esta es la diferencia con el arte desde el trasfondo esencialista: emplean la palabra “arte” no tanto como una descripción sino como un juicio de valor. El arte es valioso, pero no se puede decir a priori lo mismo de una imagen. Lo mismo sucede con palabras como autenticidad o inautenticidad que nos dijeron los existencialismos o filosofías de la vida que eran ontología, pero se trata de moral, cuando no de religión. La terminología en torno al arte es todavía una terminología secularizada y esto ayuda a su venta, porque la obra de arte siempre es algo más que un objeto. Los museos todavía funcionan como supermercados de trascendencia. Que la autora se refiera al “aura” de Benjamin y su pérdida en las obras de arte fake de la inteligencia artificial es una muestra de ello.
En el siglo pasado Finkielkraut escribió sobre la “derrota del pensamiento” (superior). Quizá el título de este ensayo podía ser “la derrota del arte” (superior) al leer lo que opina sobre los resultados de imágenes obtenidas por un prompt: cualquiera puede ser un artista, cualquier cosa puede ser una obra de arte. Lo que no solo amenaza al arte sino especialmente a los críticos y teóricos del arte. En todo el ensayo es la preocupación ética la que está detrás y condicionando su manifiesto interés por lo estético. Schiller ya lo había detectado cuando señalaba que el entusiasmo estético por una maravillosa flor se esfumaba al advertir que se trataba de una flor artificial. Y apuntaba que, en realidad, no había una complacencia estética, por el objeto mismo, sino moral, por la idea en él representada. Según la autora de este ensayo las supuestas obras de arte creadas mediante la inteligencia artificial generativa carecen de esa idea, no hay una autoría, responsabilidad estética, entendida como la capacidad para plasmar la personal visión del mundo. Si en Heidegger el arte era la “puesta en obra de la verdad”, aquí, en el lado opuesto, el arte sería la puesta en obra de la personal visión del mundo del autor. Una antropología que no sería del agrado de Heidegger.
Pero, a pesar de esa diferencia de posturas, hay un punto en común: las estéticas de la vivencia. Me ha parecido encontrar un paralelismo entre la tirada lírica kitsch heideggeriana sobre el cuadro de un par de zapatos de Van Gogh (que no eran de la campesina sino de Van Gogh, pero le daba igual) y la cita que hace la autora de la contemplación por Katie de un aguafuerte de Rembrandt, Desnudo sentado, tal como la describe Zadie Smith en su extraordinaria novela Sobre la belleza. Cita: “No es que Katie vea el cuadro como mera proyección suya, pero sí que tiene la sensibilidad, la comprensión y la empatía necesarias para ver reflejada en la obra también su propia mirada al mundo y a las personas”. Efectivamente, se trata de una proyección fundamentada en la empatía, en esa “amistad” que se establece entre la espectadora con el “amigo” autor. Una cita cogida por los pelos. La excelente novela de Zadie Smith es una crítica irónica demoledora al mundo universitario de los profesores de arte. Tal es el caso de Howard Belsey, profesor de Estética y Teoría del Arte, empantanado en una investigación sin salida (y sin libro) sobre Rembrandt, pero con una sexualidad de mandril. Y que tuvo unos “pocos años dorados en los que creía que Heidegger le salvaría la vida”.
Y la belleza que da título a la novela sale del campo del arte para ir al de la estética más elemental. ¿Qué es lo que queda como fundamento de la esperanza? Precisamente eso, la belleza como “el negarse a ser el otro”, como el deseo de ser simplemente uno mismo. La belleza, “esa flor de un millón de pétalos que es la dicha de estar aquí, en este mundo, con la gente”. Son los pequeños instantes que, como islas de belleza, anidan en las tragedias personales. Ésos raros momentos de “concordancia” entre el objetivo y la capacidad para conseguirlo. Zadie maneja en esta novela una idea de belleza como armonía ligada, más que a las cosas, a las situaciones. Belleza es la concordancia efímera consigo mismo. Es, dicho en términos que pueden sonar enfáticos, pero que no lo son, es la alegría de ser. No es excepcional, sino ordinaria, no da sentido a la existencia, sino que es la existencia llena de sentido: tener sed y beber, tener hambre y comer, encontrar algo divertido. El sentido estético de la vida.
Este es un maravilloso ejemplo de otra forma de entender la “responsabilidad estética”, esa que no deja de reclamar la autora una y otra vez como condición de la obra de arte.

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