Acorde a este esencialismo de fondo, la autora precisa que
solo le interesa y va a utilizar para este ensayo la estética referida al arte.
Es decir, una “estética filosófica” aplicada al arte. Y, más en concreto, para
dilucidar, de acuerdo con ella, si lo generado por la inteligencia artificial
es o no arte. Repárese en el problema que se plantea de entrada con esa
reducción de la estética general: la aplicación a la obra de arte de un marco
conceptual de categorías estéticas, no de criterios artísticos, para dilucidar
si es o no arte. Y lo segundo, las consecuencias de la aplicación de ese
criterio estético filosófico. En concreto, si no se está haciendo acreedora la
autora al mismo reproche que hace a Hegel: “le encasqueta al arte un marco
conceptual extrínseco”.
El problema que plantea ese enfoque, aparentemente inocuo,
de la obra de arte como plasmación de una idea, contenidos superiores etc., es
el de la estética clásica tradicional de raíz kantiana que ve a la estética
como mediadora de otras esferas, en especial de la ética y la metafísica,
sensibilizándolas. Si esto es problemático por el peligro de un esteticismo en
el que lo mediador se convierte en mediático, lo es todavía más cuando se
restringe al ámbito del arte, lo que no era el caso de Kant. Esto se traduce en, más que un “marco”, una nube
de conceptos emocionales: “Sentirse feliz no es lo único que importa en la
vida. También nos importa qué sucede realmente”. Es decir, si estamos ante verdaderas obras de
arte o no. Parece como si se repitiera la versión de “estética ascética” que se
reprochaba a Adorno. Porque, ¿no puede el artista hacer lo que le apetece sin
la carga de trascendencia de plasmar un “contenido superior”? ¿No puede haber
una experiencia estética de lo que se presenta como arte sin entrar a definir,
juzgar, valorar si es o no una obra de arte, sin saber quién es el autor y
cuáles son sus pretensiones? Es lo que sucede habitualmente. Y, si más tarde se
sabe, se conocen los pormenores técnicos de la obra etc., entonces nos
encontramos con una experiencia estética ilustrada, puede cambiar su
percepción, pero no cambia la obra. Junto a la demanda de la autoría está latiendo
en el fondo del ensayo la nostalgia de la trascendencia, la vieja motivación
del esencialismo: cargar al arte con las hipotecas del pensamiento.
Para la estética la
cuestión no es el definir qué es una obra de arte y si algo lo es o no. La
competencia estética consiste en determinar si la representación de ese algo
despierta o no sentimientos, cuáles son, que conocimiento originan, cómo son
utilizados, lo que tampoco debe confundirse con el like de la inmediatez, gusta
o no gusta. A la teoría e historia del arte, al mundo del arte, compete argumentar
si es o no una obra de arte. No porque tenga o no las propiedades “estéticas”
de las que habla la autora. Si aceptamos, si como admite ella, que la estética
no es lo mismo que el arte hay que ser consecuentes, de lo contrario podemos
encontrarnos con el rechazo de los artistas, como así ocurrió.
Sin embargo, parece detectarse que, además de una nostalgia
del esencialismo hay un miedo, un miedo a la “derrota del arte”….

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