¿Grande? Declaró
a Der Spiegel que solo le interesaba la belleza porque el mundo ya era
lo suficientemente feo para recrearse en él. Y otra cosa más: “¿Sabes qué?
Puede que no me perdonen nunca, pero jamás me olvidarán”. Y antes de su final puede
constatar los resultados acordes a su imagen de luchadora: “He sobrevivido a mi
tiempo”. Queda ese “poder de las imágenes” como imágenes del poder. De su
ambigüedad me ocupé al cumplir los cien años en un artículo para el periódico
El País con el título “Nazismo residual”. Su obra ha sido analizada en España por
uno de los mayores especialistas, Marcos Jiménez González, con profundidad y
objetividad. En esta novela se advierte un trabajo riguroso de documentación que
hace verosímiles muchas escenas y reflejado también en la extensa bibliografía y
comentarios textuales posteriores, con muy escasa mención a las tropelías de
Hitler y la aniquilación de los judíos, todo hay que decirlo.
Mientras que la
figura de Hitler a su lado en las fotografías le pesó como una losa, acabada la
guerra y más allá del período de desnazificación, sin embargo, aquella ha
salido beneficiada paradójicamente de la cercanía de LR, tal como detalla sus
encuentros la autora de la novela. Deslumbrada por la audición en el Palacio de
Deportes, obtiene una rápida respuesta a la petición de entrevista. Hitler siempre
parece estar disponible a pesar de sus múltiples ocupaciones; la defiende de
Goebbels y de aquellos que intentan sabotear sus trabajos apoyándolos a toda
costa; exhibe una infinita paciencia ante los remilgos de LR para acometer los
proyectos que le ofrece y no duda en apoyar los suyos propios; lamenta que
puedan perjudicarla al relacionarla con él; agotado y envejecido prematuramente
todavía fabula proyectos conjuntos para el día después. Consigue dar la imagen
que ya intentó con Speer, su otro confidente: un artista que lamentaba
continuamente no haber tenido más remedio que meterse en política.
De esos encuentros
me quedo con una imagen que Reyes Monforte repite y es la de LR y Hitler
mirando la tercera versión de La isla de los muertos de Böcklin. Ella le
pregunta quién es esa figura blanca que intriga a todos y él contesta “No lo sé”.
Y así en varias ocasiones hasta que llega la respuesta que Hitler ya no podría darle y que obtiene cuando “las fuerzas aliadas la detuvieron”. Me parece
muy acertada y revela la fina sensibilidad de la autora. Y que tendrán que leer
la novela para conocerla.
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