Los autores del libro han hecho un estudio exhaustivo de la
recepción de lo que denominan “la industria cultural heideggeriana”. El método
empleado hace que en determinados momentos tengan que puntualizar: “Aquí nos
centraremos en la recepción filosófica, no siempre fácil de distinguir respecto
a la recepción ideológica y política”.
No es fácil. Más adelante: “En la medida de lo posible dejaremos a un
lado esta recepción puramente ideológica para apuntar a la que tiene lugar en
el campo filosófico”. De hecho, ambas están entrelazadas en el libro. Pero no
se trata solo de observaciones externas, recogida de datos exhaustiva, sino que
se extiende a lo que se critica del método “interno”, es decir, emitiendo
juicios filosóficos de contenido, ya sea apoyándose en otros autores o en
algunos textos de Heidegger, sin entrar en un análisis pormenorizado. Es cierto
que no pretenden esto último, pues no es su objetivo ni tampoco son
especialistas en él.
Las consecuencias de todo ello podrían discutirse con más detalle,
pero me voy a detener en uno de los puntos tratados con frecuencia en el libro
y es la relación de Heidegger con Ortega. El acento recae sobre las
reivindicaciones de prioridad y originalidad por parte de Ortega agudizadas por
la desafección de sus discípulos. Mis trabajos sobre Ortega desde 1984, las
Notas de Trabajo de Ortega sobre Heidegger que publiqué con Domingo Hernández,
me llevan a calificarlo como un enfoque anecdótico y periférico. Se trata de
dos estilos de pensamiento completamente distintos. Algunos detalles: sentido
afirmativo de la vida orteguiano y crítica de la angustia y el nihilismo heideggerianos,
que luego extenderá a los existencialistas; decisión por el hombre frente a
decisión por el Ser, considerado por Ortega como un concepto histórico caduco;
valoración original de la técnica explícita en los años 30, pero que alcanza su
máxima expresión en el Coloquio de Darmstadt, posibilitando un humanismo
tecnológico de nuevo cuño; crítica al elitismo del pensador en la
reconstrucción de Europa y alternativa novedosa de la función social del
intelectual. Son solo unos de lo aspectos que marcan diferencias, lo que no
obsta para que Ortega afirmara en carta que esperaba contar con Heidegger para
el Instituto de Humanidades que proyectaba fundar en Alemania, antes que en
España.
No me extiendo más. Volviendo al comienzo de estas
reflexiones, al artículo de El País, creo que Ortega ofreció y ofrece la
posibilidad de un pensamiento en español, de no ser un pensamiento ajeno.