Bodegones del recuerdo, imágenes de paso, árbol de la madre, plantón que hace de vela firme en el mar de la memoria poética, las metamorfosis de la mirada a vista de pájaro, micrologías icónicas.
Existir es resistir, decía el viejo Schelling. Existir es también mecerse. Otra forma de viaje. Es la impresión casi hipnótica que se recibe al contemplar el video de 3m , titulado “Paisaje de resistencia”, acompañado por la nana de Joaquín Díaz, “Durme, durme”. En una sala oscura es difícil apartar los ojos de un diminuto barquito que se mece en lo que puede ser un charco grande, no un mar encrespado. No transmite fragilidad sino inocencia, nada de diseño sofisticado, sino el sucinto mástil con vela de cartón recortado y pegado, pinchado en una corteza ahuecada que flota. Es ella la que mantiene la estabilidad, la vela no es empujada por el viento del aire sino por las ondas del agua. Va y viene, gira, se acerca y se aleja. En otros momentos de la obra de Ángel Marcos se le ve siguiendo su camino, no amenazado, sino a su aire.
Esa ecuación arte y vida limitada al individuo, salta por los aires cuando se
trata, en realidad, de la de arte y sociedad, que le sobrepasa. Al radicar el arte en, de, y para
la sociedad, lo que muestra la película no es tanto una sociedad enferma en
Europa, sino en el país de “acogida” (“no nos quieren”, dice Toht, “lo
toleramos”, le dicen a él). Se confirma así la experiencia de muchos exiliados en USA de que
el capitalismo era la otra cara del fascismo, no menos depredador. Será la tesis que mantenga cierta
izquierda en los años 50 y 60 del pasado siglo. En concreto, los
frankfurtianos. Por ello, el brutalismo ya no es solo la etiqueta de un
movimiento artístico sino una característica de la sociedad, ¿solo de esos
años?
Interrumpiendo la larga duración de la película aparece a la
mitad una foto de ajuste invitando a un descanso (controvertido) y a visitar lo que en aquellas
épocas llamaban “nuestro selecto ambigú”. Esa segunda parte lleva por título
“El núcleo duro de la belleza”. Efectivamente, hay un núcleo de violencia en la
belleza y en torno a él gira la película. El trasfondo del Holocausto hace casi
inevitable la mención de teorías estéticas que lo tienen en cuenta. Sin embargo, en este caso se dan algunas variantes.
“La afinidad de toda belleza con la muerte tiene su lugar en la idea de forma pura que el arte impone a la pluralidad de lo vivo, que en él se apaga. En la belleza no turbada se habría calmado por completo lo que se le opone, y esta reconciliación estética es mortal para lo extra estético. Este es el luto del arte.” (Adorno. Teoría estética).
El comienzo hacía temer lo peor: una de esas películas con
las que Hollywood se purga del sueño americano para seguir disfrutando de él. El
reverso de El nacimiento de una nación. La llorera incontrolada de un
histriónico Adrien Brody parecía abonarlo. Y, sin embargo, la larga duración ha
permitido un desarrollo que matiza esas primeras impresiones. La
interpretación modulada a lo largo del filme le ha hecho acreedor con toda
justicia del premio. Yo hubiera preferido que se lo llevara Thimotée Chalamet,
pero siendo joven y su personaje un Dylan imprevisible, no podía competir con
la “ejemplaridad” de László Toth.
La película camina sobre el filo del “buenismo” aunque
determinadas imágenes lo alejan de él, mientras que el inoportuno (desde el
punto de vista fílmico) epílogo lo hunde irremediablemente en ello. Es el truco de la moralina
final, propio de las viejas películas de Hollywood regodeándose en el vicio, las escenas fuertes, durante la trama y condenándolo al final. Si el epílogo hubiera sido el prólogo
me atrevo a opinar que no habría ganado tantos Oscar. Un final conceptual para
una película emocional.
Tenía que ponerlo el director para hablar de un pasado bajo
el nazismo que no muestra y, sin embargo, su sobrina dice que es la clave de su
obra más icónica; escamoteando el origen de unos traumas que explicarían hasta
qué grado el arquitecto, cuando ya empieza la película, es un hombre enfermo
que llega a un país donde, por el cartel mismo de la película, ya nos hace
sospechar (sin otro fundamento) que no encontrará la libertad que busca.
La vida pasada
importa porque de ella ha salido su arte. Y es que el título no alude solo a un
tipo determinado de arte, no dice “brutalismo” sino “el brutalista”, aludiendo a
la peculiar relación entre arte y vida, realizándose no solo en lo que han
incidido las apreciaciones, el arte, sino contaminándose, más bien. El epílogo
sublima esa relación, la película lo niega, una estrategia de marketing
perfecta.
Toda la fuerza de la película está en la ambigüedad muy calculada
de un título que se despliega en unas imágenes audiovisuales muy potentes
(atención a la banda sonora) llenas de contradicciones respecto al mensaje
verbal y que la hacen muy interesante y atractiva para diferentes públicos. Que
es de lo que se trata. Lo iremos viendo.
Pocas veces se encuentra una película audiovisual en el pleno sentido de la palabra. Hablando de cine esta afirmación puede parecer una simpleza (probablemente, lo es). Sin embargo, estamos acostumbrados a elegir entre musicales o películas en las que la imagen sonora hace de fondo, a ratos protagonista, de la imagen visual. En este caso, la integración de los dos tipos de imagen es perfecta, más si se tiene en cuenta que la mayor parte del tiempo son “canciones”. Una excelente película.
Y son precisamente ellas las que hacen que sea una película
de “paso”, de paso del folk al rock por la vía de la metamorfosis; de cómo
aquellos que vibraron con “porque los tiempos están cambiando” no pueden
aceptar que el suyo también cambie. Más aun, a los que traen el cambio no se
les permite que cambien. En el festival de Newport 1965 la banda de rock de
Dylan atronaba con la guitarra eléctrica mientras el público pitaba y se
desgañitaba reclamando el “Mr. Tambourine Man” del año pasado. ¿Qué había
cambiado?
Que los tiempos están cambiando, a favor de unos contra
otros, ha sido el slogan que han hecho suyo generaciones, en España sonaba
especialmente al comienzo de la Transición. Pero en la versión de Dylan hay un
componente que no coincide con la recepción: son tiempos diferentes, no
necesariamente mejores. A propósito de un diálogo de la película se percibe
mejor el matiz: Dylan distingue entre mejor y diferente y esto último es lo que
quiere ser él. Primero en lo que otros hacen, el folk y la canción protesta de
tema social y luego, cuando todo es lo mismo, cuando han asesinado a Kennedy, a
Luther King, cuando afirma que nada cambia, crea su propia diferencia, donde ya
no tienen cabida los otros. La película es un camino a la diferencia desde lo
que estamos acostumbrados y nos gusta de Dylan. Las buenas canciones no nos
hacen buenos, pero algunas nos hacen sentirnos mejor.
Crisis de los misiles en Cuba, Baez pone la TV con las noticias, Dylan la apaga aburrido. Canta, cantan, “Flotando en el viento”. Poesía, siempre poesía. Casi todo el mundo sintoniza con Dylan, pero ni los que están más cerca lo comprenden, Joan, pasados los años, reflexiona que es complejo, complicado y mejor no intentar entenderle. En una tienda de discos observa que de su disco hay muchas copias, delante de él se acaban de llevar la última de Baez. El minimalismo en los gestos no permite sospechar nada, pero se advierte la decepción. En cierto modo, la película es el aprendizaje de la decepción. Al final, Joan (una excepcional Monica Barbaro) le dice que ha ganado, se ha salido con la suya, es libre, de ellos y sus mierdas. A través de la decepción de Newport.
Thimothée Chalamet hace el trabajo perfecto de un ser en
apariencia desvalido, con voz nasal, boca torcida, mascullando las palabras,
escupiendo las canciones, que sigue su camino a la deriva, pero con una meta,
la carretera del éxito por la que va a toda pastilla con su moto; poseído de la
pasión de la música, sin perder ninguna oportunidad que se le presenta, dejando
en la cuneta a quien ya no puede seguirle, como Peter Seeger, un seráfico
Edward Norton, lejos de los papeles violentos de American History X. Manteniendo
su fidelidad al terminal Woody Guthrie.