Con rara unanimidad los acuñadores y seguidores del término “Postdigital” se refieren a un artículo como su antecedente. Se trata del publicado por Negroponte con el título “Beyond digital” en la revista Wired en diciembre de 1998. Un gurú publicando en un medio oracular. La revista fabricó el imaginario de un planeta de “cerebros conectados a cerebros”, siguiendo la estela de McLuhan y en el contexto de la ideología sobre nuevas tecnologías de la Costa Oeste de California partidaria del utopismo tecnológico. Esta ideología fue objeto de una demoledora crítica por parte de Richard Barbrook en su artículo “La ideología californiana” (1995-6). Allí analizaba la deriva neocon de esa alianza de hippies (reconvertidos en yuppies) con las nuevas tecnologías, fervorosos partidarios ahora del liberalismo de mercado, de la democracia directa. Cuando, más tarde, destacó las similitudes con el pensamiento de las grandes vacas sagradas francesas (Deleuze y Guattari, por ejemplo) supuestamente “progresistas”, el escándalo estaba garantizado.
¿Qué era un
gurú en aquellos años? Alguien que definía el presente con pocas palabras y
predecía el futuro con demasiadas; lo primero le convertía en un esencialista,
lo segundo en simplista, que viene a ser lo mismo; fabricaba una marca con un
título que le hacía famoso (Ser digital) pero arrostrando el descrédito
de las predicciones no cumplidas, sin que hubiera el glamur distópico de un Los
Ángeles 2019 en 2019 (Blade Runner) o el aroma y el sabor del filete creado
por Matrix en el cerebro del traidor Cifra. Era otra posibilidad en ese
mismo año de 1998.
¿Qué se
puede decir del presente cuando el futuro ha llegado ya? No hubo el apocalipsis
informático que se predecía para el 2000 ni los aparatos digitales se volvieron
locos con el cambio de hora, día y año. Pero sí que cambió mucho después del 11
de septiembre de 2001. La obra de Gibson Pattern Recognition (traducida
como Mundo Espejo) se hace eco de ello. Publicada en 2003 la acción
tiene lugar, no en el futuro, sino en el inmediato pasado, agosto y septiembre
de 2002. La ciencia ficción lo es ya del presente, no del futuro, porque está
en él. Y no se puede predecir. Las razones parecen seguir siendo válidas hoy, especialmente
referidas a la política española: “No tenemos futuro porque nuestro presente es
demasiado volátil…Solo tenemos la administración del riesgo…Los cambios de
escenario de cada momento”. Es decir, las encuestas. La protagonista es una “fontanera”
que trata de adivinar tendencias comerciales, si una marca funcionará o no. El
presente ya no es la segura casa del ser sino la sala de las arenas movedizas
del estar.