La película muestra el día
después del héroe americano. Kelly ha vuelto y logra con su consejo (“Göring no
puede oponerse al Führer”) que Göring sea condenado. El regusto de la acción es
ambiguo icónicamente en las diferentes secuencias de los primeros planos: una deslealtad
profesional propicia la condena de una lealtad. Se le agradece, pero como en
las películas del día después, se queda solo. No lo quiere nadie. Había
centrado su trabajo en descubrir la “psicología del mal” para intentar
prevenirlo. Si los alemanes eran distintos en ello a otros pueblos. Consigue
entender la estrategia de Göring de haberse entregado para ser juzgado, contar
su versión y contribuir a un renacimiento y fortalecimiento del nazismo. Y, de
rechazo, el fondo de su “psicología del mal”: la ambición desmesurada de poder.
Y en eso no fueron tan distintos los alemanes.
El que esa ansia totalitaria de poder siga
floreciendo después en individuos y grupos de las democracias es algo que
estas, autosatisfechas, no están dispuestas a aceptar. Kelly ha hecho su
trabajo de la secuencia inicial: entender, condenar, prevenir. Si este era el
objetivo último del juicio ha fracasado y esa mirada del abismo dentro de él le
ha llevado a la autodestrucción con el mismo veneno que utilizó Göring. A pesar
de la cita de Collingwood la historia no siempre es maestra de la vida.
Especialmente si se cruzan entremedio las imágenes con su propio lenguaje, no
asimilable al oral o escrito. Y es ahí, más allá de la argumentación, donde
anida el posfascismo posmoderno, como dice Kelly, más allá de los gestos y los
uniformes. Y…de sus propias palabras. Y de las intenciones del director de la
película. Como suele ocurrir con el nazismo se tiene mucho cuidado con las palabras,
pero se descuidan las imágenes, la “fuerza”, ya no bruta, sino ambigua, de las
imágenes. No pongo, por respeto, las imágenes de los judíos asesinados en los
campos: “imágenes pese a todo”, no. Las otras del director.
Douglas está leyendo la noticia
del suicidio de Göring que, al final, dice, ha escapado. Pero lo interesante es
lo que viene a continuación: un primer plano de los ahorcados después del
juicio, hacinados, amontonados unos sobre otros en lo que según se va alejando
el plano se revela como un camión en una carretera a cuyo final parece estar un campo
de concentración. Esa imagen se solapa con la de los cadáveres de judíos
amontonados en pilas. La secuencia se puede interpretar como una justicia
icónica pero también alimenta el carácter inintencional de la imagen: ambos son
víctimas y después de haber indagado si son diferentes los alemanes ahora se
responde a la otra pregunta de si son o no mejores los americanos. La respuesta
icónica no es afirmativa, se corresponden ambas imágenes. Y arroja una luz
retrospectiva ambigua sobre el sentido del juicio en la versión de esta
película.




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