Los autores de este libro no son especialistas en Heidegger,
pero sí conocen bien la filosofía en español. Leyendo el libro sobre la
recepción de aquél se atraviesa también una época de esta. Con sentimientos
encontrados. Late en toda la obra la oposición entre filosofía académica y
filosofía creadora. La recepción de Heidegger habría servido para reforzar la
primera y lastrar la segunda al convertirse en una especie de canon de lo que
se llamó durante mucho tiempo la “filosofía pura”. En septiembre de 1997
publiqué en El País un artículo con el expresivo título “Somos un
pensamiento ajeno”. Podía hablar con propiedad ya que el año anterior había
publicado un libro sobre Heidegger y el siguiente lo haría con otro, aunque,
bien es cierto, que en sentido crítico y “emancipatorio”, como se decía
entonces.
Señalaba en ese artículo algo que apuntalaba el título: entre
los filósofos españoles se tenía a gala el no leerse unos a otros. Había
razones. Los que merecían la pena, los “creadores”, eran considerados unos
parias académicos, no practicaban la “filosofía pura” de las Facultades,
escribían en los periódicos, sacaban ensayos…, nada serio, literatura. La “maldición”
de Ortega y Gasset tenía una sombra muy alargada. Ahora se hacen tesis
doctorales sobre ellos, entonces se despreciaban. Recuerdo amargas palabras a
este respecto, nada menos que de Eugenio Trías, y se podían poner más nombres.
Me comentaba las “tres patas” de su actividad: conferencias, artículos de
prensa y libros de creación. Justo lo opuesto a lo que contaba para ser un
filósofo académico. ¿Dónde? No era solo una cuestión teórica sino algo mucho
más prosaico. Cuando se escriba la Historia de la filosofía española se pueden
encontrar razones internas de la misma, en el sentido de lo que nos enseñaron
como historia de ideas o problemas, más o menos intemporales. Pero hay otro
elemento más prosaico y definitivo para entender la producción filosófica: la
Historia de la filosofía española era la Historia de las Oposiciones a plazas
de filosofía en la Universidad y a temarios bien definidos en la Secundaria. Se
trabajaba para ello y con frecuencia luego desaparecía. No es que haya mejorado
mucho hoy con la estajanovista producción de trabajos para revistas indexadas
que cuente en la próxima acreditación.
Dicho esto, el planteamiento binario entre filosofía
académica y creadora me parece insuficiente para entender la situación a
finales del XX y comienzos del XXI. La situación era mucho más compleja y se
escapa a los intentos tanto de historias internas como externas. Por de pronto,
estaba la enorme penuria de medios bibliográficos que hacía difícil acceder a
las fuentes primero como alumnos y luego como profesores. Había que hacerse la
propia biblioteca. Las estancias en el extranjero culminaban con maletones a
reventar de fotocopias y libros que provocaban la extrañeza, por decir algo, de
los policías de fronteras. Hoy podemos tener y descargar las obras fuente de los filósofos clásicos en
edición crítica o primeras ediciones en internet, así como las principales
monografías y artículos especializados.
Otra de las consideraciones para tener en cuenta en el
planteamiento binario del filósofo académico y el creador es que había unos que,
ciertamente, trabajaban y otros que se dedicaban a pensar. Esto se traduce en
que había quienes vivían, cobraban, de la Universidad y escasamente la pisaban,
aunque alardearan de lo contrario, y otros que casi vivían en la Universidad,
con una docencia abrumadora y plazas precarias, sacando tiempo como podían para
investigar y publicar, sin dejar de pensar. Estos híbridos de académico y
creador han menudeado más de lo que parece, sin obtener reconocimiento. Y a
ello ha contribuido, en no menor medida, el prestigio de la filosofía en la
Enseñanza Media, ahora Secundaria. En pocos sitios he encontrado mayor frescura
creadora que en el profesorado de Enseñanza Secundaria, a pesar de las muchas
horas y la burocracia. Sin ellos no habría filosofía en la Universidad y fuera
de ella. Y no hay que confundir el sectario impulso de reproducción académica
con el desesperado intento de supervivencia. En la Complutense no era inhabitual
que los PPNN cobraran por primera vez en febrero. Estas circunstancias deberían
ser tenidas en cuenta cuando se habla con razón, pero también a la ligera, de
la consabida endogamia universitaria. Una cosa es que regalen una plaza, y lo
hacían, y otra que se tengan también en cuenta los largos servicios prestados
en tan precarias y largas circunstancias. No pasa nada. Y es que, en el fondo,
la Universidad no le ha interesado nunca ni al Estado ni a la sociedad. Haced
lo que queráis, pero sin dar guerra. (Seguirá)

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