viernes, 29 de agosto de 2025
jueves, 21 de agosto de 2025
La imaginación artificial
Ya desde el siglo pasado se pudo comprobar que la relación del ser humano con las nuevas tecnologías no era lo racional que se suponía sino lo emocional que se obviaba. Eso trae consecuencias. Tienen toda la razón los autores de este libro en que las relaciones que el sujeto mantiene con la tecnología son (siguen siendo) principalmente de carácter metafórico (71). Sin embargo, las fusiones metafóricas de términos llevan a confusiones conceptuales ya desde el título mismo: la imagen en acción de un algoritmo no es sinónimo de la imaginación de un cuerpo. En otros términos: no hay una imaginación artificial como tampoco una inteligencia artificial de la que sería una “rama” aquella. Bien es cierto que, a pesar de la pulsión metafórica que linda a veces con lo kitsch, no pueden por menos de reconocer que “Internet se puede considerar, pues, un viento espiritual sin espíritu, de la misma manera que la IA es una inteligencia sin alma, sin conciencia y, por lo tanto, sin verdadera inteligencia” (173).
Hay en el libro un gran esfuerzo teórico erudito para tratar
de entender los procesos de la llamada imaginación artificial. Se despliega en dos
momentos expositivos: la descripción del
proceso técnico y sus resultados (escaso) y el intento de explicitar sus
fundamentos teóricos (la mayor parte). Ambos momentos están desconectados hasta
el punto de que parece que estamos, no solo ante dos autores distintos, sino
dos libros diferentes. Efectivamente, uno de los libros podía comenzar en la
página 263 con su título de “Síntesis de imagen” y el otro con la introducción
que parafrasea el papel del estresado conejo blanco de Alicia en el país de
las maravillas. La difícil amalgama de ambos procedimientos sume al lector
en la perplejidad. Quizá un poco tarde se advierte que “este no es un libro
técnico” pues “de lo que se trata básicamente es de recubrir la osamenta
descarnada de la técnica con una capa de carnosidad reflexiva” (245). Quien se
pregunte por la naturaleza de esa “carnosidad” tiene una respuesta que se
repite a lo largo del libro: “Digámoslo ya de una vez, la única forma que
tenemos para desviarnos es recurrir a la metafísica, esa región filosófica que
la cultura tecnocientífica practicista, cuantitativa y obsesa con la exactitud
y el control quiso anular para siempre” (198). Sorprende, no obstante, que conciban
la “nueva ontología” articulada en torno a la “realidad virtual”, metáfora en
desuso hace tiempo.
De modo que el libro
es muy interesante cuando se describen los diferentes modelos y procesos técnicos
de la imaginación artificial. Se pierde el interés cuando insisten en tratar de
exponer sus fundamentos, la “carnosidad reflexiva” devenida obesidad mórbida,
en divagaciones teóricas ajenas a ella, cuando no contrarias. Así la
recurrencia a Deleuze y Guattari, Lacan, salpimentado con Heidegger y
apelaciones y repeticiones innecesarias de la palabra “ontología”. No se ve la
vinculación con los procesos técnicos, sino que funcionan como imaginarios
filosóficos, tópicos, citas de adorno periféricas. Se mencionan todos los
elementos “irracionales” de la imaginación, como sueños, deseos e inconscientes
de variado signo (“inconsciente colectivo artificial”) en una táctica parecida
a las “iluminaciones” en que todo ocurre mezclado en una aparente estructura.
Pero si se pretende hablar de filosofía, de ontología y de metafísica, entonces
resulta extraño que no se hable en rigor de ellas y no se mencione lo más
importante de la imaginación que se puede encontrar en su historia: como la facultad
de conocimiento mediadora entre entendimiento y sensibilidad. La gran facultad
de la modernidad y del humanismo no idealista. Esta es la imaginación corporal de
la filosofía y no una supuesta imaginación artificial, más bien un DJ, mezcla y
remezcla, como índice de complejidad, que es la operada por el algoritmo. En
este caso la imaginación artificial sale del campo de la reproducción y va al
de la apropiación. Afortunada en este sentido la referencia a Agustín Fernández
Mallo.
El objetivo declarado en el libro es promover un “poshumanismo ilustrado”. La ausencia de la "t" habitual indica que no abandona el humanismo sino que va en "pos" de él. Ya no centrado en la IA (Inteligencia artificial) sino en la ImA (Imaginación artificial), no en la inteligencia sino en las imágenes. Se trata, según los autores, de combinar el “pensamiento técnico” con el “pensamiento estético” para producir un “humanismo potenciado” (322), “torciendo” el signo capitalista actual de las tecnologías. La referencia que hacen a Sanguinetti resulta orientativa en cuanto a las intenciones. Es “ilustrado” pero, matizan, la imagen que se genera no ilustra una idea, como es habitual, sino que el texto es ahora la ilustración de una imagen. Imágenes, que recalcan los autores, tienen el carácter de ser irrepetibles, efímeras, múltiples y originales, “únicas” precisamente por ser múltiples.
Introduciendo el prompt "Imágenes de poshumanismo ilustrado" el programa Recraft arroja las siguientes imágenes:
Son imágenes nuevas, en el sentido de recién hechas, pero no
diferentes a las que pueblan los imaginarios estéticos que vienen del siglo XX,
todas con un denominador común: retrofuturo. Si en el prompt se incorpora la “t”
(posthumanismo) entonces sale la estética Blade Runner y afines, más
oscura, de “futuro negro”. El programa ha sintetizado algunas de los miles de
imágenes que hay en la base de datos etiquetadas según las instrucciones dadas
al introducirlas. El resultado en este caso es una estética clásica de
retrofuturo que mezcla lo bello con lo sublime asistida por los nuevos espectadores,
sin naufragios. Puro "Senhsucht" (anhelo, nostalgia) tecnorromántico.
No hay un más allá. Es la imagen "más acá de la imagen".
lunes, 18 de agosto de 2025
jueves, 14 de agosto de 2025
Sanguinetti. Tecnohumanismo.
“A esta altura debería quedar claro que con «educación
estética» de la inteligencia artificial no me refiero a enseñarle a pintar
retratos o escribir haikus. Me refiero a entrenarla para leer el único lenguaje
en el que podemos explicarle quiénes somos y qué queremos. Y esta tarea se
volverá más urgente a medida que las máquinas sigan avanzando en el dominio de
tareas humanas.
Hay algo paradójico en la idea de que la estética sea la vía
por la que podemos transmitir formalmente a una máquina todo lo vivo, complejo,
contradictorio, múltiple que encierra el ser humano: ha tenido que ser la
tecnología la que nos demuestre que la belleza no resulta un lujo accesorio,
sino el código de lo que somos, el lenguaje con el que está escrita nuestra
identidad”.
Schiller postuló
una “educación estética” del hombre y ahora Sanguinetti nos propone una
“educación estética” de la inteligencia artificial en el género humano. Los dos
coinciden en el medio: educar en la belleza. Quizá también en la convicción de
Schiller de que a la libertad solo se llega a través de la belleza. Dado que
una de las bases de mi humanismo tecnológico ha sido esa necesidad de la educación
estética la lectura de este libro ha sido una grata sorpresa. Primero porque, como dice el autor, se ha escrito mucho sobre los aspectos éticos de la
inteligencia artificial, no así de los estéticos. Lo que no obsta para que el
autor proponga también una narrativa “ética” sobre la inteligencia artificial. Segundo,
porque no se confunde (aunque estén relacionados) estética con arte y, tercero,
porque hay una concepción de la belleza (se aprecia en el texto citado) alejada
del esteticismo habitual cuando se reivindica. Una belleza que ya no es la
“armonía forzada” criticada por Adorno sino el lenguaje de la contradicción,
complejidad y pluralidad de la vida humana. La educación propuesta es todo un
reto: utilizar el lenguaje de la belleza para hablar con el algoritmo y
viceversa. Más aún: “Solo a través del arte entenderemos a la máquina y solo a
través del arte la máquina nos entenderá a nosotros”. Esto último es más
complicado y creo que no ayudan precisamente las apelaciones esencialistas del autor
a la “téchne” en Heidegger o su nostalgia vintage del “aura” en Benjamin. Se
avienen mal con la caracterización espléndida que hace en otro momento del arte
(guardando paralelo con la de la belleza) como “mímesis de lo complejo”.
Pero, sobre
todo, lo que me parece más notable de este libro excepcional, claro y muy bien
escrito, es la insistencia en que hace falta lo que denomina “una nueva
narrativa” respecto a la que se ha utilizado y se utiliza con la inteligencia
artificial. Ya no se trata solo de los imaginarios ciberpunk del siglo pasado,
las posturas poco matizadas a favor o en contra sino de la presentación
“antropomórfica” de la inteligencia artificial. Efectivamente, una “nueva narrativa” simplificaría
mucho las discusiones sobre términos como “creatividad” y “original” que se dan
hoy día en la (mal) llamada “estética artificial”. Yendo más lejos y, si como bien
dice el autor, “pensamos con todo el cuerpo” creo que no tiene mucho sentido
hablar de una inteligencia “artificial” y tampoco (me ocuparé de ello en el
próximo post) de una imaginación “artificial”. Es contrario al humanismo
tecnológico, al menos tal como yo lo entiendo. El “relato”, dice el autor,
acentúa unos aspectos de la realidad y silencia otros y lleva a un
desplazamiento de la responsabilidad de los sujetos. Apunta muy bien que no se
trata tanto de saber cómo funciona la IA sino “para qué queremos usarla”. En definitiva,
concluye, que falta “un “relato diseñado” sobre el humanismo, lo que le lleva a
preguntarse: ¿"Tenemos el humanismo que necesitamos?”. Estamos invitados
a la respuesta.
viernes, 8 de agosto de 2025
Riefenstahl, de nuevo
domingo, 3 de agosto de 2025
pensar en el arte esencial
Una de las caracterísiticas del pensar en el arte esencial es el pensar que se vuelve contra sí mismo y el pensar contra sí mismo. Lo primero se refiere al pensar que desconfía de su propia historia y que se vuelve contra ella en busca de sus orígenes. Una de las características del siglo XX es el pensar que se vuelve contra la filosofía. Lo segundo a ese momento de autoreflexión del pensar en el sujeto que ve imposible la pureza de intención kantiana, precisamente por el imperativo de la “facticidad” (Heidegger) o de la “situación”(Sartre) misma. La “inautenticidad” heideggeriana, la crítica a la sociedad de los frankfurtianos, las mismas descripciones de Sartre, revelan una cotidianidad negativa. El pensar del pensamiento esencial es un pensamiento negativo. En guardia no sólo sobre las realizaciones de los otros, sino sobre sus intenciones mismas, por esa misma situación fáctica. La dialéctica y el pensamiento negativo, transitorio, es consustancial, porque son conscientes de la radical ambigüedad en la que viven. Todos quieren superar el idealismo y el romanticismo, pero son deudores suyos. Es un pensamiento trágico que tiene que consumar y llevar hasta sus últimas consecuencias aquello contra lo que se rebela. Revelación y rebelión son dos palabras que van unidas. Como en la tragedia griega su acto de libertad tiene lugar en el momento en que la pierden. Llama la atención que no hayan escrito una ética, aunque hayan hablado de ello. El que sólo se pueda intentar ser auténtico desde la inautencidad confiere a la meditación del presente una dimensión trascendente que lo inscribe en el ámbito de la religión.
viernes, 20 de junio de 2025
sábado, 7 de junio de 2025
miércoles, 28 de mayo de 2025
domingo, 18 de mayo de 2025
El eternauta
viernes, 16 de mayo de 2025
domingo, 4 de mayo de 2025
martes, 22 de abril de 2025
miércoles, 16 de abril de 2025
miércoles, 9 de abril de 2025
Lo que dice de la estética un neurocientífico
"La estética es el tema y área de investigación clave para comprender mejor las sociedades contemporáneas".
Vittorio Gallese en : "The Aesthetic World in the Digital Era. A Call to Arms for Experimental Aesthetics".
lunes, 7 de abril de 2025
jueves, 3 de abril de 2025
La metamorfosis de los pájaros
Bodegones del recuerdo, imágenes de paso, árbol de la madre, plantón que hace de vela firme en el mar de la memoria poética, las metamorfosis de la mirada a vista de pájaro, micrologías icónicas.